- Buscando el camino de regreso -

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ME SIGUEN CON LEALTAD FORMANDO MI EJÉRCITO

BLOG CREADO POR RAMÓN MARTÍNEZ MARTÍN EL 29 DE NOVIEMBRE DEL 2.007

miércoles 11 de noviembre de 2009

Libertad

Este mundillo me ha permitido abrir mis horizontes y conocer a todo tipo de personas, pero cada una de ellas con un denominador común, tener un gran corazón y una personalidad sensible. Estoy harto ya de lobos feroces. Prefiero los corderos.
Hoy me gustaría hablaros de una amiga revolucionaria que tuve la suerte de encontrar por estos lares hace ya algún tiempo. Se llama Raquel y con sus pacíficas armas, sólo busca lo mejor para su pueblo y para su tierra. Está afincada en España, pero su alma reside en Cuba y por lo tanto, le duele ver que pasa el tiempo y que la libertad sigue siendo una utopía en su querida isla.
Es una luchadora infatigable, incansable al desaliento, que está por encima de intereses políticos, de demagogias, de mentiras y que siempre está a la búsqueda de tiempo para poder hacer más y mejores cosas por sus semejantes. Su magnífico blog personal se llama "De la existencia humana..." y la podéis encontrar en www.kelitos69.blogspot.com
Seguro que si la visitáis descubrís a una persona maravillosa, de ésas que merece la pena conocer, pues no duda en volcarse con los demás. Su último y enorme proyecto es organizar una Campaña-Concierto por la libertad total de Cuba y para ello, ha creado un nuevo blog, que podéis visitar para recabar toda la información en www.frentelibertadtotalcuba-espana.blogspot.com
No dirige ninguna organización política y su corazón, junto al del resto de sus compañeros, no entiende de colores, lo cual es precisamente lo que me gusta de ella, pues no se vende a nadie, no se deja intimidar ni avasallar y lucha por sus ideales a cara descubierta, unos ideales que al fin y al cabo son los de todos.
¿Se puede vivir sin plena libertad?, ¿se puede salir a la calle con miedo a decir algo que nos pueda perjudicar, por lo que nos puedan perseguir?, ¿se puede ignorar a la persona como ser individual? Pensadlo por un momento, pero creo que no.
Así que bueno, yo apoyo a Raquel incondicionalmente y he firmado en su página para que se pueda llevar a cabo este concierto. Os animo a que hagáis lo mismo si lo estimáis oportuno y si estáis de acuerdo con lo que el "Frente Libertad Total Cuba" manifiesta. Ojalá el mundo escuchara la más bella canción de esperanza ese día y ojalá la clase dirigente de este planeta comprendiera de una vez, que no se puede gobernar al margen de los pueblos.
Otra forma de hacer política y de entendernos entre todos es posible. Jamás debe haber lugar para la confrontación y sí para el diálogo, un diálogo pacífico y constructivo.
Mi amiga me pidió que escribiera un poema para su causa y yo no soy de los que hacen oídos sordos a las peticiones importantes, por lo que lancé mi pluma a las trincheras convencido de que la única batalla que se pierde, es la que se abandona.
Así que este poema es para ti, Raquel y para tu causa. Ya lo sabes. Ojalá mis palabras se unan a las tuyas para despertar conciencias y para recabar un sinfín de apoyos.
Un beso muy grande, guerrillera y mucho ánimo. Ahora más que nunca, hasta la victoria siempre. Que no silencien nuestras voces, a uno y a otro lado del océano. Estoy muy orgulloso de ti, simplemente porque eres una gran mujer y porque no te rindes.
Hasta la próxima huida.


PRISIÓN

Prisión oscura hecha isla en medio de las azules olas,
donde los ideales de una revolución fueron a morir,
donde la única esperanza que queda ahora es partir,
donde en sus marchitos campos ya no crecen amapolas.

La libertad se pudrió entre un cielo de chabolas,
cada vez que la intentaron con sus mentiras abolir.
Y hoy en día el único sueño del castigado pueblo es huir,
hacia nuevas playas donde por fin sean libres las caracolas.

Pero la esperanza nunca muere bajo el eterno sol,
mientras haya alguien valiente dispuesto a luchar,
mientras haya alguien que mantenga encendido el farol
y que se resista a ver más sangre inocente derramar.

Así que fundámonos todos con fe en un mismo crisol
y que hasta la victoria siempre, sea un lema digno de respetar.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Silencio

De un tiempo a esta parte siento que no tengo mucho que decir y me dejo rodear por un denso silencio, que tiene a mis musas secuestradas. Me cuesta mucho trabajo escribir, leer, hablar, comunicarme en definitiva y noto un cierto hastío dentro de mí.
No encuentro la manera de cambiar mi vida, de escapar de Huelva, de hacer las cosas que realmente me gustan, de rodearme de nuevas amistades en mi día a día, de lograr un destino más favorable que me devuelva la sonrisa.
Es frustrante levantarse cada mañana y tener únicamente delante de ti la rutina del trabajo y luego el fugaz regreso a casa.
Así que os pido perdón por este pertinaz silencio que se está apoderando de mí poco a poco, pues el caudal del río de mis palabras, parece que amenaza con secarse.
Ya no es tristeza lo que refleja el espejo del baño cuando me sumerjo en él, es más bien resignación, desánimo y aburrimiento.
Necesitaría quizás una máquina del tiempo, así que a ver si hay algún Herbert George Wells entre vosotros y me ayuda a construirla o a imaginarla. De esta forma, podría viajar al futuro con la esperanza de que éste fuera un poco mejor para mí.
Soñar es gratis, ¿no?
Y bueno, como todavía no estoy derrotado del todo, pude exprimir mi inspiración un poco más y aquí os dejo los últimos versos que han arribado a las costas de mi mente.
Espero que os gusten. En esta ocasión se los regalo a los que siempre están, a los que nunca se fueron, a los que llegaron para quedarse. Sean ellos o ellas.
Un abrazo, gracias por no abandonarme y hasta la próxima huida.


SOÑANDO

Déjame entrar en el cajón de tu mesilla de noche,
que abra las puertas y viva en tus armarios,
que sea la a y la z en tus abecedarios
y que vaya siempre de copiloto en tu coche.

Quiero ser en el acantilado de tu escote el broche,
los días pintados en rojo de tus calendarios,
el bolígrafo con el que rellenas los formularios
o las monedas que sacian tu inocente derroche.

Usar la sombra de tu cuerpo como mi bañera
y que el mío arda eternamente en tu chimenea.

No caminar jamás en solitario por ninguna acera,
y construir en el rascacielos de tu pelo mi azotea.

Déjame, niña, convertirme en el mástil de tu bandera
o en la luna llena que haga que suba por mi playa tu marea.

sábado 24 de octubre de 2009

Mar de poesías

Hace unas pocas semanas, Pedro Martínez Corada, editor y director de la Revista Almiar (www.margencero.com), se puso en contacto conmigo de una forma muy amable. Me dijo que había estado leyendo mis poemas en este desván, que le habían gustado mucho y que si quería participar en su revista. Me animó a que le mandara algunas poesías y de esta forma, que mis versos aparecieran impresos en su publicación.
Me pareció una persona tremendamente cercana, que amaba la literatura y el mundo que la rodea, así que respondí afirmativamente a su propuesta y el resultado de esta colaboración, si lo estimáis oportuno queridos lectores, podéis verlo en el siguiente enlace que os presento: www.margencero.com/poesia/num13/ramon_martinez.htm
La verdad es que me hizo mucha ilusión verme en ese “Mar de poesías” y por ello, le doy de todo corazón las gracias a Pedro y a cuantas personas han hecho este sueño realidad, por haber pensado en mí para su proyecto. Fue un enorme placer prestar mis humildes palabras para un fin tan hermoso y de tanta calidad literaria, pues os invito a que visitéis la página web de la Revista Almiar. Estoy convencido de que no os defraudará y de que os gustará perderos allí con frecuencia.
En este momento me acuerdo de lo mucho que me habéis animado siempre para que me vaya dando a conocer y bueno, aunque soy tímido, poco a poco creo que voy recorriendo camino, como dice mi amiga Auxi. Quizás algún día, quién sabe, pueda vestirme de forma definitiva con el traje de escritor y dedicarme a ser un contador de historias o un trovador de versos.
Gracias a todos vosotros por estar aquí, pudiendo estar en cualquier otro lugar. Sin duda es mucha la ayuda que recibo con vuestras palabras y es enorme el impulso que vuestro cariño me proporciona.
Este pequeño triunfo se lo dedico a todas las personas que alguna vez se han perdido por las estancias de mi desván y de una forma especial, me gustaría mencionar a Raquel, a Auxi, a Balma, a Clarita, a Montse, a Mónica y a Miryam. Estas grandes mujeres no se conformaron con conocer a Alatriste y buscaron la manera de ser también amigas de Ramón, de estar a mi lado y de prolongar el encuentro virtual, al plano personal. ¡Va por vosotras chicas y gracias por vuestro apoyo!
Para finalizar, me gustaría acordarme de una persona que en una etapa de mi vida tremendamente oscura, apareció como un rayo de luz y con la magia de un unicornio, me ayudó a que no me rindiera. Se llama Elena y deja su vida a modo de diario en este blog: www.ladyamalthea77.blogspot.com
En los últimos tiempos, negros nubarrones han oscurecido su horizonte y sin duda no se lo merece, por lo que desde aquí, desde este desván que un día nos permitió conocernos a pesar de la distancia que nos separa, me gustaría mandarle muchos ánimos, para que entienda que la partida no está terminada y que todavía quedan infinitos rayos de sol en el cielo.
Sé que lo conseguirás, Elena y sé que más pronto que tarde, el destino te dará cuanto sueñas y mereces. ¡A por todas, muchacha y hasta la victoria siempre! Algún día nos tomaremos esa horchata para celebrarlo y podremos hablar por fin cara a cara.
Te regalo hoy mis versos, amiga, para que sigas confiando en que algún día, tu verdadero príncipe azul te rescatará para siempre del naufragio. Quizás en un susurro, deje estrofas así en tu oído. Unas estrofas, que yo ansío recitarle a mi amor en innumerables noches pintadas de pasión y de complicidad. Van también estos versos por tanto, para esa mujer a la que amaré y que cada vez siento más cerca.
La vida no es fácil, pero nada lo es realmente en este inmenso jardín que llamamos Tierra. Nos toca luchar por ser felices, por hacer realidad nuestros sueños, por alcanzar nuestras metas y nunca hay que rendirse. ¿Me seguís en esta batalla? Alatriste estará en primera fila una vez más.
Hasta la próxima huida.


QUISIERA SER POETA

Quisiera ser poeta para escribirte los versos más hermosos,
hablar de tus cabellos como si fueran estrellas fugaces,
convertir mis dedos por tu piel en exploradores audaces
y encontrar el vuelo de un albatros en tus labios carnosos.

Quisiera ser poeta para recitarte en tus días lluviosos,
transformar enamorado mis palabras en promesas tenaces,
engalanar para siempre cientos de estrofas de deseos voraces,
y comparar tus bellos ojos con el fulgor de océanos verdosos.

Saber plasmar en cada letra azul que eres mi universo,
empaparme con tus caricias a modo de intenso aguacero,
arder en llamas mientras amo locamente tu cuerpo terso,

poder ser de tus montes y valles intrépido bandolero,
y reducir toda mi vida a un único e inolvidable verso.
Quisiera ser poeta para decirte cada noche que te quiero.

martes 13 de octubre de 2009

Hasta la victoria siempre

A veces pensamos que la vida no nos da tregua y que no vamos a poder seguir adelante. En ocasiones nos preguntamos por qué tantos y tantos problemas nos asolan, hasta el punto de acabar con nuestras fuerzas y dejarnos temblando cada anochecer.
En esos duros momentos, cuando todo se ve oscuro, cuando lloramos desconsolados, cuando nos sentimos muy solos y deprimidos, es cuando más necesitamos una mano amiga que nos rescate del naufragio, que nos ayude a volver a dibujar una sonrisa en nuestro rostro, que nos comprenda, que nos apoye sin condiciones y que nos regale un ramito de esperanza.
Pienso que a lo largo de los años, todos nosotros pasaremos por situaciones de esta índole y es que desgraciadamente, la vida no es un camino fácil y tarde o temprano, se convierte en una emboscada peligrosa donde somos sistemáticamente derrotados.
Lo importante es recuperarse de cada derrota, levantarse de nuevo y mantenerse a salvo para seguir luchando en otras guerras, pues eso es lo que significa estar vivos, no rendirse y plantarle batalla a los malos momentos, con la certeza de que nunca lloverá eternamente.
Hay una persona especial en mi vida que está pasando una mala racha, que se ve agobiada por una serie de hechos que sin duda no merece, pero que seguro que la harán más fuerte cuando los supere. Esta persona se siente triste y se ve rodeada de crueles fantasmas que la persiguen sin descanso; pero yo creo en ella y conozco su gran valía, por lo que si me lo permite, me gustaría ayudarla a salir a flote.
Así que Raquel, hoy escribo para ti, porque no me gusta verte hundida, porque no quiero que la soledad te hiera, porque no deseo que tu corazón siga conservando heridas incurables, porque no puedo intuir que sufres, porque me duele que estés apenada. No te dejes influenciar por el pasado. Lo que dejaste atrás ya no existe. El futuro se presenta ante ti majestuoso si te atreves a hacerle frente. ¡Es la hora de ser valiente, muchacha!
Puedes cambiar tu vida, puedes hacerla mejor, la partida aún no terminó. Ten fe, concédete otra oportunidad, permítete ser feliz y piensa también en ti por favor. No puedes dejar pasar los años mientras cuidas de los demás sin preocuparte por ti. Tú también tienes derecho a reír y a mostrarte exultante. Tú también tienes derecho a elegir un nuevo camino.
Espero que te gusten mis palabras, Raquel, que te las regalo con todo el cariño y ten claro que estoy a tu lado, de una u otra forma, pero con el firme propósito de ser algo bueno para ti. Juntos somos invencibles, ya lo sabes. No estarás sola. Un Capitán cuida de ti, a capa y espada.
Por todo ello, recuerda la frase que un buen día leíste en una gran novela: “Apunta a la luna y si fallas, al menos te encontrarás entre las estrellas.” Sé ambiciosa por tanto y no te conformes con menos de lo que mereces. No te rindas, al fin y al cabo, la vida también tiene buenos momentos, que merece la pena disfrutar. Punta Umbría, Matalascañas, Puerto de Santa María, Granada, Sanlúcar de Barrameda, Sevilla, ....
Te quiero, pequeñaja y es mucho lo que me das. Confío en poder devolverte algo de ese inmenso regalo que supuso para mí el conocerte. Gracias por aparecer en mi vida. Gracias por no marcharte. Gracias por tu ayuda. Ahora me toca a mí.
Mucho ánimo y te dedico humildemente este poema, con la esperanza de que te ayude a seguir caminando con la cabeza alta, la sonrisa radiante y el alma en paz. Vales un montón y estoy tremendamente orgulloso de ti. Nunca lo olvides y mantén a tu lado a las personas que realmente merezcan la pena. Olvídate de las que sólo te causan problemas. Si miras dentro de tu corazón y eres sincera contigo misma, encontrarás todas las respuestas.
Sirvan también mis versos como consuelo para todos aquellos de vosotros, queridos lectores y amigos, que no estéis pasando por vuestro mejor momento. La victoria está cerca. Lo intuyo. Al final, siempre sale el sol en cada horizonte.
Hasta la próxima huida.


A TU LADO

Cuando pienses que no deja de llover en tu corazón,
cuando creas que tu vida se tiñe de incandescente dolor,
a tu lado estaré para regalarte una perpetua razón,
que transforme tu inmensa rabia en flamígero amor.

Cuando tu alma se vista de una profunda tristeza,
cuando a tu existencia no le encuentres ya sentido,
a tu lado estaré para regalarte la inigualable belleza,
de un sincero te quiero susurrado en tu oído.

Cuando tus sueños sean pesadillas angustiosas,
cuando las negras lágrimas venzan a las sonrisas,
a tu lado estaré para regalarte vientos de rosas,
que acaricien tu piel morena como suaves brisas.

Cuando un devastador cansancio se apodere de tus días,
cuando la desesperanza te impida cada noche dormir,
a tu lado estaré para regalarte infinitas alegrías,
que te devuelvan para siempre la ilusión por vivir.

Así que no te rindas, mi niña, ni te dejes ahora vencer,
no permitas que te acompañe la traidora soledad,
pues yo estoy a tu lado y te voy a proteger,
para que tus penas sean borradas por la felicidad.

viernes 2 de octubre de 2009

Escribiendo con Lucina

Llega un nuevo otoño y con él, parece que la melancolía y la nostalgia se va apoderando lentamente de todos nosotros. Echamos de menos el calor del verano, sus risas y juegos, sus mares en calma, sus promesas de amores bajo la luz de la luna.
Así que para luchar contra esta añoranza, le propuse a una amiga del otro lado del charco escribir un poema a medias, que uniera su manera de entender la escritura con la mía.
Se llama Lucina y tiene un talento innato para la poesía. Tengo la suerte de ser fiel seguidor de su "Momento de palabras" (www.momentodepalabras.blogspot.com) desde hace ya mucho tiempo y ante cada nueva composición suya que descubro, mi discurso se queda temblando.
Además de escribir como los ángeles es una gran persona, dulce y amable, por lo que os recomiendo encarecidamente que la visitéis, aquéllos que todavía no la conozcan.
Estoy convencido de que la visión sosegada de sus lienzos poéticos, calmará vuestras almas.
Y poco más que añadir por hoy. Simplemente darte las gracias a ti, Lucina, por responder a mi propuesta y por regalarme tu inspiración para crear este poema, que es tan tuyo como mío. Confío en que te haya gustado esta experiencia, la cual, unió un poco más las dos orillas del Atlántico. Nuestros versos acortaron la distancia entre Argentina y España en apenas un suspiro. Ojalá siempre fuera tan fácil.
Espero que el poema sea de vuestro agrado, queridos lectores y si no es así, la responsabilidad es únicamente mía, por no haber sabido interpretar el latido del corazón que Lucina me envió.
Hasta la próxima huida.


OTOÑO

Sobre un cielo caleidoscopio,
viajan gotas cálidas de primavera,
en pies descalzos que acarician,
huellas de un verano cualquiera.

Se escucha el canto de diez sirenas,
entre acordes de alas y suspiros,
que vuelan a una isla de candelas,
donde se consumen besos de papiros.

El otoño llega con música de viento
y hojas de cobre caen en derredor,
el tiempo huye, la vida espera ardiendo,
a que sigamos creyendo en el amor.

Abro mis ojos a esta nueva estación,
deteniendo mis pasos en un andén callado,
donde llegará el invierno con el dulce rumor,
de que mi corazón late de nuevo enamorado.

martes 22 de septiembre de 2009

El primer amor (Epílogo)


San Juan de los Terreros, final del verano de 2009


Un ordenado equipaje esperaba silencioso y mustio a los pies de la cama, mientras Nuria miraba a través de la ventana de la habitación 216 del Hotel Calypso.
El cielo gris y encapotado presagiaba lluvia, poniéndole un triste epílogo al verano. Su semana de vacaciones había finalizado en un suspiro y a pesar de sus esperanzas, Ramón no había acudido a su cita con el destino.
Cada mañana se había despertado soñando con ese encuentro, con volver a ver a su primer amor, con sentir de nuevo esa pasión que los había unido hacía veinte años, pero al caer la tarde y con la llegada de una nueva noche solitaria, las ilusiones de Nuria morían en esa playa donde una vez fue inmensamente feliz en el pasado, pero donde ahora, se disponía a enterrar la poca inocencia que la vida aún le había permitido conservar.
Densas lágrimas de dolor surcaban las mejillas de Nuria, mientras sus ojos divisaban un mar plagado de amenazantes olas. Se avecinaba temporal y el viento peinaba una arena que había dejado ya de ser cálida.
Apesadumbrada y con el amargo sabor de la derrota en sus labios se dispuso a bajar el equipaje, con la certeza de que tras el breve paréntesis vivido en la costa almeriense, tendría que edificar de nuevo su existencia desde sus cimientos. Le agotaba pensar en esa condena llamada volver a empezar, pero a su regreso a Madrid, debería de enfrentarse a sus fantasmas una vez más.
En Recepción pagó el alojamiento con su tarjeta de crédito y pidió que le guardaran el equipaje un momento, pues antes de marcharse, había decidido despedirse para siempre de San Juan de los Terreros y de la niña que había descubierto el amor bajo su cielo azul.
A pesar de la desapacible mañana, encaminó sus pasos hacia la playa, con la intención de llegar por última vez al Pichirichi. Fue un paseo triste y a oscuras, donde Nuria luchó contra sus pensamientos y contra sus recuerdos. Todavía le costaba creer que Ramón no hubiera ido a rescatarla, después de lo intensos que parecían sus sentimientos en la última carta suya que había leído. No había dejado de imaginar, con el corazón acelerado de puro romanticismo, con un reencuentro que les brindaría a ambos la oportunidad que siempre habían deseado para estar juntos.
En su amargura, comprendió que a Ramón le debía de haber dolido muchísimo que huyera de tan mala manera de su lado, sin volver la vista atrás y sin apostar decididamente por sus sueños. En cierto modo, era un justo castigo a su cobardía y a no haber sabido dejarse llevar por la locura de un amor, que sin duda le habría otorgado la felicidad.
Con la mente convertida en un huracán y el corazón hecho jirones, Nuria llegó a la lengua de roca que dividía la playa en dos y su alma una vez más, supo el camino hacia donde debía dirigirse. El paraje estaba desierto, las nubes se iban coloreando progresivamente de un negro funesto y sólo se escuchaba el gélido ulular del viento.
Nada había cambiado en la pequeña laguna de los cangrejos donde dejó de ser una niña para convertirse en mujer, salvo que en esta ocasión, Ramón no acudiría a navegar por su cuerpo con el barco de sus dedos. Detenida en el final de las erosionadas piedras, Nuria contempló el infinito mar Mediterráneo, teñido de negro como su honda pena. Cerró los ojos y sintió por última vez el calor de sus abrazos, el ardor de sus besos, la suavidad de sus caricias. Un estremecimiento recorrió su columna vertebral y en ese preciso momento, echó de menos a Ramón más que nunca antes en su vida.
Maldijo al cielo por no haber inspirado perdón en el espíritu de aquel muchacho ahora convertido en hombre y con los ojos de nuevo arrasados por las lágrimas del desconsuelo, se dio la vuelta decidida a acabar con el dolor emprendiendo el camino de regreso a casa.
Sin embargo se quedó paralizada, pues a pocos metros, divisó el avance de una sombra, de unos pasos que se acercaban a ella y en un giro inesperado de la providencia, tuvo a Ramón a su lado como si un hechizo lo hubiera hecho posible.
Ambos se miraron unos segundos sin saber lo que decir, midiéndose con el brillo de sus pupilas, intentando adivinar los sentimientos del otro, mientras el tiempo se detenía como hacía veinte años en ese mismo lugar.
- Hola Nuria, en el hotel me dijeron que todavía no te habías ido y que habías salido a dar un paseo antes de marcharte. Supe entonces que te encontraría aquí y no me he equivocado. Veo que sigues tan guapa como la primera vez que te vi tumbada en tu hamaca leyendo. Han pasado muchos años, pero en mi mente no dejaste de ser esa niña de la que me enamoré perdidamente aquel lejano verano.
Nuria se agarró al eco de su voz, reconociéndola a pesar de su larga ausencia, para no caer presa de una emoción inabarcable. Allí estaba Ramón, cuando ya creía que era algo imposible, con sus sienes moderadamente plateadas, con el rostro espolvoreado de leves arrugas, pero con aquella enigmática y atractiva sonrisa, que no había podido olvidar desde su despedida.
- ¿Por qué no llegaste antes, Ramón?, ¿qué ocurrió? – fue lo único que acertó a pronunciar Nuria en un murmullo.
- Me partió el corazón leer en tu carta que te habías rendido antes de que empezase la batalla. Me dolió muchísimo comprender que tu huida había sido voluntaria. Durante todo este tiempo imaginé miles de razones como la causa de que te alejaras de mí, pero jamás pensé que te dejaras vencer por la distancia. Pensé que nuestro amor era más fuerte. Ni te imaginas la de veces que mi mirada se cruzó con la del cartero buscando tus cartas, suspirando por una respuesta que calmara mi espíritu y que al menos me permitiera seguir con mi vida. Debiste confiar más en mí y en lo que sentía por ti. Así que cuando recibí tu carta, un torbellino de sensaciones me hizo hervir la sangre y me dejé arrastrar por la ira. No podía aceptar que hubiera malgastado veinte años de mi vida persiguiendo un sueño imposible. Leer tu carta fue como un terrible despertar y cientos de heridas se reabrieron.
- Lo siento, amor mío. Poco más puedo decirte, salvo que me equivoqué. Pero, ¿por qué estás aquí entonces? – preguntó Nuria embargada de nuevo por la esperanza.
- Durante esta última semana no pude dejar de pensar en ti ni un solo instante. Te imaginaba recorriendo nuestros caminos, bañándote en nuestro mar y esperándome contra todo pronóstico. Ese pensamiento me atormentaba cada noche, pero mi orgullo era más fuerte y lo continuó siendo hasta ayer. Tumbado en mi cama, insomne por enésima vez, llegó a mí una voz de otros tiempos como el canto de un ruiseñor y escuché en mi memoria decirte bajo un cielo estrellado, que nunca llegamos a conocernos realmente hasta que nos encontramos con nuestro igual. Ese recuerdo me abrió los ojos y me hizo comprender que desde que te fuiste, yo había dejado de conocerme. De repente tuve la certeza de que no podía permitirme perderte de nuevo, así que me levanté encadenado a una enorme excitación y conduje en la noche desde Granada hasta aquí. El amanecer me sorprendió yendo a tu encuentro, confiando en que no fuera demasiado tarde y afortunadamente, el destino en esta ocasión nos echó una mano. Tu paseo creo que nos ha salvado de un adiós definitivo.
Cuando Ramón terminó de hablar, Nuria era ya un manojo de llanto y solidarizándose con ella, el cielo empezó también a llorar fervientemente sobre la pareja. Una fina lluvia mojó sus encanecidos cabellos y en ese momento, la llama del amor prendió en dos corazones que habían sufrido demasiado tiempo y que ahora, veían cercana la hora de su redención.
Guiados por el instinto y por un fuego que no se había extinguido a pesar de todo, Ramón y Nuria se fundieron en un beso interminable y las aguas de la laguna de los cangrejos, burbujearon otra vez con el fruto de la pasión. Sus labios quedaron sellados para siempre bajo la lluvia, que no fue lo único que caló hasta los huesos y con el final del verano, llegó un sentido abrazo que en esta ocasión, no presagiaba una despedida.
- Te quiero, Nuria, siempre te he querido y siempre te querré. Eras tú o ninguna, por lo que quiero recuperar el tiempo perdido y hacerte feliz por el resto de mis días. Me iré contigo a Madrid o adonde quieras llevarme, porque mi refugio eres tú y mi hogar está donde tú te encuentres. No nos separaremos mientras me quede un soplo de aliento y si me lo permites, si me aceptas, llenaré tu vida de promesas ciertas y de veranos inolvidables, donde eternamente disfrutaremos de nuestro primer amor.
- Es lo que he estado deseando toda mi existencia, Ramón. Yo también te quiero. Te amo con toda la fuerza que puede sentir una mujer enamorada y no concibo envejecer si no es a tu lado. Eres la esencia que llenó mis tristes días con el aroma de un futuro mejor.
Un nuevo beso silenció sus palabras y en un paisaje de olas rizadas por la incipiente tempestad, se juraron amor para siempre.
Cogidos de la mano profundamente enamorados, como si fuera cierto ese tango que dice que veinte años no es nada y bajo un baile incesante de gotas de agua, Ramón y Nuria pasearon hasta el Hotel con un pensamiento firmemente enraizado en sus corazones, estando el uno al lado del otro, las sonrisas le ganarían por fin la partida a las lágrimas.
Entre arrumacos y carantoñas, sintiéndose los dos rejuvenecidos y volando con las alas de una alegría renovada, la pareja se perdió entre la niebla, entre la cortina de una lluvia otoñal, escapando por fin de esa muerte en vida que se llama soledad.
Dos décadas después de conocerse, de compartir mucho más que un verano, el primer amor iba a poder cumplir esa dulce promesa de ser también el último y es que a veces, el destino se digna a concedernos una tregua cuando ya no la esperamos.


La trayectoria que ha seguido mi vida desde que nací, no me hace creer mucho en los finales felices. Empiezo a creer que hay pocas cosas eternas bajo el sol y a pesar de mi carácter romántico, tengo serias dudas sobre que el amor sea una de ellas.
Sin embargo, sé que muchos de vosotros esperabais un desenlace de cuento de hadas para este relato, un epílogo dibujado de color de rosa y quise haceros ese regalo, como agradecimiento por la compañía que me prestáis y por la ayuda que recibo de vuestras palabras.
Así que conservemos la esperanza, sigamos creyendo, no nos rindamos, continuemos en la lucha y en este final del verano, hagamos nuestras las palabras de Carlos Gardel cuando canta: “Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada errante en las sombras, te busca y te nombra”.
Te seguiré buscando y te seguiré nombrando, amor. Aguardo tu llegada a mi día a día.
Hasta la próxima huida.

sábado 12 de septiembre de 2009

El primer amor (Quinta Parte)

Madrid, 12 de septiembre de 2009


Mi querido y recordado Ramón:


Lágrimas de alegría inundaron mis cansados ojos al volver a leer tus bellas palabras y tu carta provocó en mí, que los recuerdos se agolparan jubilosos a las puertas de mi alma. Ciertamente jamás te olvidé y ahora descubro que un cálido sentimiento, todavía anida en mi castigado corazón al pensar en ti. Fue maravilloso ese verano que pasé a tu lado y la fotografía de esos días junto a ti, sigue resplandeciendo en mi álbum con vívidos colores.
Siento mucho haber desaparecido en las brumas del olvido sin darte explicaciones; pero la vida me alejó de ti sin remedio. A los pocos meses de volver a Madrid, mientras tus cartas y las mías recorrían a diario el camino que nos separaba, mi padre fue obligado por su empresa a trasladarse a Barcelona y toda la familia tuvo que seguirlo. En esos momentos mis débiles sueños se desmoronaron completamente como un castillo de naipes, al comprender que una distancia todavía mayor se iba a interponer entre nosotros. Confieso que no tuve el valor necesario para confesarte mi partida.
Pensé que no alentando tus promesas románticas, terminarías olvidándote de mí y de esa forma no sufrirías tanto. No quise condenarte a que te consumieras en un amor imposible y aunque tratar de olvidarte fue lo más difícil que hice en mi vida, creí que eso era lo mejor para los dos, por lo que abandoné a mi pesar una relación de cartas, letras y palabras.
Ahora me doy cuenta del dolor que te provoqué con mi silencio y me arrepiento profundamente de ello. Ojalá pudiera subsanar mi grave error, pero mucho me temo que no puedo. Los años ya pesan también sobre mi convaleciente espíritu y el pasado es un fantasma que cada noche me persigue, con la terrible certeza de haberte traicionado.
Tus planes y proyectos me parecieron tan frágiles existiendo todo un país entre nosotros, que no consideré que pudieran llegar a buen puerto, así que intenté dejarte atrás, a ti y a nuestro amor. Me duele comprender que fue un acto de cobardía, pero ya jamás volveré a tener 18 años y debo ser responsable de mis actos.
Yo sí que me casé una vez cumplido mi anhelo de convertirme en enfermera, con un compañero de la facultad, pero mi marido Daniel jamás compartió mis sueños, no era como nosotros y poco a poco nos fuimos alejando el uno del otro, hastiados de estar juntos pero en soledad, hartos de no compartir nada. Como tantas historias de amor, la nuestra también terminó en tragedia y mi matrimonio desembocó en un tormentoso divorcio que me partió el corazón.
A partir de ahí me volqué exclusivamente en mi trabajo y quise huir para siempre de mis fracasos emocionales, así que de forma temeraria puse rumbo a la antigua Yugoslavia y fui enfermera para la Cruz Roja en la terrible Guerra de Kosovo.
No tengo palabras para describirte la magnitud de la contienda, ni el horror de una guerra sin sentido. Fueron días teñidos de un rojo intenso, donde la sangre se vertía a modo de lluvia sobre todos nosotros. Esa experiencia marcó mi vida a fuego, me endureció al robarme mi inocencia y logró matar por fin a mis persistentes fantasmas, los cuales, ningún mal pudieron hacerme ya ante la crueldad que veían mis ojos cada nueva jornada.
Jamás podré olvidar tanto dolor, tanto llanto derramado para nada, tantas vidas segadas de raíz, tantos ojos vacíos, tanta soledad fría como el cristal, tanta injusticia entre hermanos. Sinceramente creo que mucho de mí murió en aquellas lejanas tierras del Este. Pero has de saber que tu recuerdo impidió que me volviera loca y que fuera otra víctima más de la batalla fratricida. A menudo pensaba en nuestros largos paseos a la orilla del mar, en la calidez de tu mano sobre la mía, en nuestra complicidad sin límites, en el vuelo infinito de tu risa bajo un cielo azul eléctrico y el sonido de tu voz en mi mente, fue la brújula que me permitió seguir encontrando el norte dentro mi vida.
En el silencio de la noche, roto a cada instante por el tronar de las bombas, rememoraba cada uno de los días que pasé a tu lado y una fresca sonrisa acudía a mis labios agrietados. Imaginaba lo que hubiera sido vivir contigo convirtiéndome en tu esposa, dando rienda suelta a ese amor que nos unió para siempre bajo las estrellas de la costa. Sin duda fuiste mi faro entre tanta oscuridad.
El caso es que sobreviví contra todo pronóstico y volví a España finalizada la guerra, habiendo escapado ilesa de la barbarie. Pensé entonces en buscarte, pero el temor a encontrarte casado y feliz junto a otra mujer paralizó mis intenciones. ¿Qué derecho tenía yo a irrumpir en tu vida después de casi diez años? Quizás si hubiera sido más valiente hubiéramos tenido por fin nuestra ansiada oportunidad, pero una vez más, me dejé arrastrar por las sombras del miedo.
Confusa y derrotada volví a mi añorado Madrid y ayudada por mi experiencia encontré trabajo al poco tiempo en el Hospital La Paz. Allí conocí a Alfredo, un prometedor médico que terminó devolviéndome la esperanza de creer en el amor. Tras un fugaz y tórrido noviazgo nos casamos, radiantes y felices, jóvenes y hermosos, para llevar una vida sosegada en un ático del Paseo de la Castellana. Pero la rutina y sobre todo su insistencia en no tener hijos para poder así continuar con su estilo de vida, pronto hizo mella en mí y los desencuentros se instalaron tenaces entre nosotros. Cuando finalmente comenzó a faltar la pasión en nuestro matrimonio, la sentencia de muerte estaba ya escrita y es que tristemente para mi segundo marido, siempre tuve la cabeza llena de pájaros.
Un nuevo divorcio echó en saco roto mis ilusiones de vivir de nuevo el ardor que tú me enseñaste, el romanticismo que bebí de tus labios, la comunión de entregarte sin condiciones a tu pareja y desde entonces, vagué sola por una vida anodina y marchita, de la que nuevamente tú, varios años después, me has rescatado con tu misiva.
El destino quiso que hace pocos días, paseando perdida en mis pensamientos por el Parque del Retiro al atardecer, me encontrara con la familia que les compró a mis padres nuestro piso de la Calle de Alcalá. Para mi sorpresa, me hablaron de un sinfín de cartas que una y otra vez, llegaban a mi nombre y sin remitente a su buzón. Contra todo pronóstico las guardaron por si algún día podían ser entregadas y tras acercarme con ellos después de tantos años a la antigua vivienda donde crecí, las pusieron sin más dilación en mi poder.
No te imaginas la emoción que me embargó al reconocer tu letra en los sobres y durante semanas las fui leyendo una a una, empapándome de tu espíritu de poeta bohemio y enamorado. Me sentí rejuvenecer a mis 38 años y de nuevo mi corazón se llenó de gozo, de esperanza, de ilusión y más cuando comprobé que la última carta, tenía fecha de hacía muy pocas semanas.
Tuve claro en ese instante lo que tenía que hacer y de ahí que ahora te esté escribiendo, inundada por el recuerdo de aquella chiquilla soñadora, que descubrió el amor a tu lado al amparo del viento y del salitre.
Sé que no merezco tu atención, que escapé de nuestros sueños sin tener en cuenta tus sentimientos, huyendo de una vida que podríamos haber moldeado a nuestro antojo. Pero este guiño inesperado de la providencia me hace creer en la posibilidad de que aún no sea demasiado tarde. Hemos perdido veinte largos años, en los que perseguí un amor del que irónicamente ya disfrutaba estando contigo, por lo que quiero al menos intentar devolverte parte de ese tiempo, regalándote tempestades de caricias.
Debes saber que mañana comienzo mis vacaciones después de un duro año de trabajo y he reservado una habitación en el Hotel Calypso de San Juan de los Terreros, ese viejo enclave junto al mar donde tantas veces tomamos café perdidos en nuestras conversaciones. Pasaré una semana allí, en la mar serena, dos décadas después, confiando en verte aparecer y esperando que sepas perdonarme. Quizás junto al Mediterráneo, podamos de nuevo volver al pasado y reiniciar nuestras vidas justo donde las dejamos.
Quiero que sepas que tu recuerdo sigue vívido en mi corazón, que por mucho que lo intenté no pude olvidarte y que todavía siento el roce de tus dedos sobre mi piel. Añoro el sabor de tus besos y el calor de tu abrazo. Te busqué innumerables noches en mi cama vacía, echando de menos esa única vez en la que me hiciste tuya bajo la luz pálida de la luna. Ojalá pudiera echar marcha atrás en el tiempo y no haberte abandonado, pero ya de poco sirve lamentarse y lo que te ofrezco, es la posibilidad de al menos luchar por lo que un día compartimos.
Te envío mi propuesta a la última dirección que conservo de ti en Granada, deseando con toda mi alma que puedas leer estas palabras y que no hayas cambiado de residencia desde que la anoté en mi agenda, junto a una fotografía que conservo de nosotros en el Arrecife de las Sirenas del Cabo de Gata. Nuestra historia está llena de fatalidades y no puedo hacer otra cosa que desconfiar del destino.
Sin embargo otearé cada mañana nuestra playa con el afán de vislumbrar tus huellas sobre la arena. Estoy convencida de que nos reconoceremos al vernos y de que en ese mágico segundo, el reloj detendrá su pertinaz avance, para darnos la tregua que necesitamos. Ansío tenerte nuevamente junto a mí.
Mis últimas letras son para agradecerte que tú nunca te fueras, que mantuvieras encendida la llama de nuestra historia, que siguieras recordándome y que aún hoy, después de veinte interminables años, puedas seguir pronunciando con dulzura un te quiero para mí.
Tú tienes ahora nuestro destino en tus manos. Te toca decidir para bien o para mal. Aceptaré de buen grado cualquiera que sea tu decisión y pase lo que pase, ten claro que nunca te olvidaré y que te amaré hasta el fin de mis días. Tu nombre será lo último que pronuncie mi voz en la hora de mi muerte y si no nos volvemos a encontrar en esta vida, te esperaré en la siguiente, porque únicamente quiero caminar prendida de tus besos.
Te quiero, Ramón. Siempre te quise y siempre te querré.


Siempre tuya en la distancia.


Nuria.



Hasta la próxima huida.

viernes 4 de septiembre de 2009

El primer amor (Cuarta Parte)

… Me levanté muy temprano con alas de mariposa revoloteando en mi estómago. Era mi último día al lado de Nuria y quería aprovecharlo. Durante toda la noche había estado pensando en la manera de sorprenderla y por fin tenía una idea. Bajé a la cocina y como esperaba, allí estaba ya mi padre, preparando su café antes de ir a pasear por la playa.
Sin preámbulos le pedí prestado el coche. Le conté que mi nueva amiga se iba al día siguiente, que volvía a Madrid y que quería llevarla al Cabo de Gata, para enseñárselo mientras pasábamos juntos el día. No se me ocurrió ningún argumento más, por lo que callé de repente y aguardé la respuesta de mi progenitor.
Con su adusta mirada me observó muy despacio y se reconoció a sí mismo de joven. Un chico romántico, sensible y con la cabeza llena de pájaros. No podía culpar a su hijo por enamorarse, por descubrir al lado de una chica bonita lo que significaba arriesgarse en el juego del amor. Así que se encaminó hacia su dormitorio con un andar cansino y volvió con las llaves del coche. Únicamente me pidió que tuviera cuidado y que me lo pasara tan bien como pudiera.
Mi sonrisa iluminó la mañana de fuegos artificiales y dándole un beso a mi padre, le agradecí el gesto, pidiéndole que me deseara suerte en mi aventura. Con las llaves ya en la mano corrí hacia el coche y lo conduje hacia la casa de Nuria, ansioso por contarle mis planes.
Ella, como cada mañana, estaba desayunando en el porche y no se percató en un primer momento de mi llegada. Hice sonar con ilusión el claxon y la muchacha levantó la mirada, distinguiendo mi rostro a través de la ventanilla bajada. Se dirigió a mi encuentro con pasos presurosos y con la incertidumbre de no saber lo que me proponía, pintada en sus hermosos labios de rubí.
- Buenos días, princesa, vengo a rescataros.
- Buenos días, mi gentil caballero, ¿y de qué tendríais que rescatarme?
- De la soledad, mi dulce dama, de la tristeza de una pronta despedida. ¿Queréis pasar el día con vuestro humilde servidor? Tengo una sorpresa para vos. Acompañadme y huyamos prestos. Mi impetuoso corcel os aguarda.
Nuria entró corriendo en su casa, recogió con prisas sus cosas, y encontró en su madre la misma comprensión que había encontrado yo en mi padre. Se subió al coche y sin más dilación arranqué rumbo al horizonte.
Durante el viaje ella no paró de preguntarme hacia donde nos dirigíamos mientras yo no soltaba prenda, así que entre risas y bromas, cantando canciones de Silvio Rodríguez, fuimos devorando kilómetros, felices, ajenos a todo salvo al brillo de nuestros respectivos iris.
Ya cerca de mi planeado destino, a Nuria se le encendió la sonrisa en su boca, al comprender que nos encaminábamos hacia el mítico Cabo de Gata. Le encantaban los acantilados, el sonido de las olas rompiendo contra las duras rocas, la belleza inigualable de la fuerza del mar.
Se colgó de mi cuello de improviso y me besó en la mejilla, al mismo tiempo que susurraba un cálido te quiero en mi oído.
Se me estremeció el alma ante la confesión de la muchacha y la miré con dulzura mientras le respondía que yo también la quería y que jamás la olvidaría. Lucharíamos para que nuestra última cita fuera coronada simplemente con un hasta la próxima, escapando del terrible adiós.
Durante esa irrepetible jornada disfrutamos sin concesiones del sol en la playa de los Genoveses y de baños infinitos donde desafiábamos a la espuma de la tristeza. En un abrazo perpetuo fuimos desgranando las horas de nuestra huida, perdidos entre las callejuelas del pueblo de San José. El paraje era realmente hermoso y ambos sentimos hincharse nuestros jóvenes corazones en cada beso que nos regalamos, en cada caricia robada de nuestros dedos, en cada vez que nos cogimos cariñosamente de la mano.
Recorrimos el Cabo de Gata como lo que éramos, dos enamorados, inmortalizando los recuerdos bajo el prisma de innumerables fotografías y nunca antes en nuestras vidas, deseamos más convertirnos en una de las cientos de gaviotas que divisábamos sobre las azules aguas del Mediterráneo, para poder así escapar juntos hacia un futuro más favorable.
Sin embargo, a medida que se fue consumiendo el día, la melancolía se apoderó de nosotros y las risas fueron dejando paso a miradas furtivas y a amenazante rumor de lágrimas.
Fue el día más hermoso del verano, inundado de una fértil complicidad y la vuelta a San Juan de los Terreros, a la cruda realidad, se nos antojó una misión imposible. El regreso fue muy duro y no encontramos bromas ni comentarios que mitigaran nuestro dolor. Conduje en silencio, con la mirada suspendida en la ondulante carretera, con la certeza de que cada kilómetro recorrido me separaba de ella y Nuria, echada sobre mí, me acariciaba dulcemente el pecho, mientras un llanto contenido se asomaba al balcón de su espíritu azul.
Llegamos a nuestra playa ya de noche, por un camino de farolas amarillas encendidas, sin saber muy bien lo que decirnos. El ruido del motor del Renault de mi padre se fue apagando lentamente, hasta detenerse frente a la puerta de la casa de ella.
- No puedo decirte, adiós, Nuria. Ahora ya no. Esto me está matando, haciéndome sangrar por cada poro de mi piel. Te quiero, como nunca antes he querido a nadie.
- Entonces no me lo digas, no te despidas todavía de mí. Ahora soy yo la que tiene una sorpresa para ti. Reúnete conmigo a las doce de la noche en el Pichirichi, allá donde la roca es vencida por el mar, en la pequeña laguna de los cangrejos. Me escaparé de la habitación cuando todos duerman y veremos juntos esta luna llena tan bonita.
Con estas palabras y un fugaz beso en los labios, Nuria salió rauda del coche y se dirigió hacia su casa, atravesando la puerta y escapando finalmente de mi visión.
No sabía lo que pensar ante su propuesta y completamente aturdido, entré en el hogar familiar, ignorando las bromas mordaces de mis primos. Saludé como pude a los presentes y con la excusa de que estaba muy cansado, me encerré a cal y canto en mi dormitorio.
Miles de pensamientos se instalaron en mi mente, pero uno por encima de todos me perseguía, el recuerdo del cuerpo de Nuria mecido por las olas en la idílica playa de los Genoveses. La muchacha era sin duda la sirena que me había arrastrado hacia mar adentro, abriendo los oídos de mis sentimientos de par en par con su bello canto.
El tiempo pasó muy lentamente, como pompas de jabón que fueran explotando en mi piel, hasta que por fin pude descolgarme por la ventana que daba al patio de atrás. Desde ahí ya me fue muy sencillo dirigirme hacia el lugar de mi cita con Nuria, amparado por las densas sombras de la noche.
Cuando terminé de atravesar las rocas del Pichirichi, adentrándome en la lengua de tierra que desafiaba al mar, mis ojos contemplaron la silueta de Nuria junto a la pequeña laguna de los cangrejos. Corrí frenéticamente hacia ella y nos abrazamos entre palabras románticas y promesas eternas que creímos que durarían para siempre.
El suelo tapizado de algas lamía nuestros pies y el agua que llegaba del mar nos acariciaba las piernas. Bandadas de estrellas volaban por un cielo dibujado con los trazos de la madrugada y la luna impasible arrojaba su blanca palidez sobre nosotros, que sumergidos en nuestro propio mundo, comenzamos febriles a devorarnos a besos.
Mis rojos labios fueron recorriendo el cuello de Nuria, mientras ella cerraba sus ojos y se dejaba explorar a mi antojo. Como inexpertos amantes que éramos, pero guiados por el instinto, fuimos descubriendo nuestros salvajes territorios, nuestros secretos, abandonados a una pasión desconocida hasta entonces para nosotros. La noche ejerció como cómplice del amor y ocultó nuestros ardientes gemidos en la oscuridad. Nos alimentamos de nuestros cuerpos mutuamente, saciando nuestra sed en el aliento del otro y nos amamos como sólo un hombre y una mujer pueden hacerlo sobre la faz de la tierra.
Como si fuera un sueño largamente buscado, sucumbimos al deseo que nos consumía por dentro y ella encima de mí, sentada en mi regazo y agarrada a mi pecho, llevó las riendas de un galopar incesante bajo el brillo de infinitas estrellas milenarias.
El viento se llevó el grito de éxtasis de los dos, junto a nuestra ya marchita virginidad y unidos en cuerpo y alma nos derrumbamos sobre la piedra, tras haber compartido algo más que cálidos sudores. Las respiraciones entrecortadas silenciaron el tronar de nuestros corazones y mirándonos fijamente, cada uno perdido en los ojos del otro, nos besamos con toda la fuerza de nuestros pocos años, en esa última noche que nos había concedido el destino a modo de regalo inolvidable.
- Nunca llegamos a conocernos realmente, hasta que nos encontramos con nuestro igual. Tú eres mi igual, Nuria, la parte que le faltaba a mi alma, mi otra mitad. Me has cambiado la vida y esto no puede terminar así. Te esperaré, pero debemos estar juntos. Lo sabes, ¿verdad?
Mis palabras rompieron el silencio por un instante, pero no encontraron respuesta en Nuria. La muchacha era pasto de unas llamas que a modo de lágrimas, arrasaban el valle de su cara de porcelana. Ella era más realista que yo y sabía que tan fervientes promesas, que tan apasionado amor, se iría debilitando con el paso del tiempo, por culpa de nuestras respectivas ausencias. Habíamos vivido un amor de verano y éste, a modo de caduca hoja, caería al suelo derrotado con la llegada del otoño.
Su alma de mujer se resquebrajó por dentro y maldijo la crueldad de una providencia, que no iba a tener piedad con nosotros. Se abrazó a mí con más fuerza y calló mi balbuceante discurso con un beso de algodón de azúcar.
Repuestos de la emoción del momento, comprendimos que teníamos que regresar y cogidos nuevamente de la mano, nos dejamos llevar por la fresca brisa nocturna, que nos condujo hacia nuestras casas.
- ¿A qué hora te vas mañana, pequeñaja?
- No lo sé, cielo, pero mi padre no quería que se le hiciera tarde, así que imagino que pronto, en cuanto salga el sol.
- Tengo tu dirección y tú tienes la mía, nos escribiremos y me iré a estudiar a Madrid en cuanto pueda. Estaremos juntos. Así que no te preocupes por nada, Nuria, te esperaré. Para mí no has sido un breve destello de plata en medio del océano, ni un corto amor de verano. Te quiero y deseo envejecer a tu lado. Iré a buscarte y seremos felices para siempre. Seré tu caballero andante hasta el final de tus días y tú serás mi princesa.
- No hagas promesas que no podrás cumplir, Ramón. Otras chicas buscarán refugio en tu puerto y la distancia hará que poco a poco me vayas olvidando, hasta que sólo sea un dulce sueño que llegue a ti en contadas noches. Al menos recuérdame con cariño y no me olvides. Has cambiado mi forma de ver las cosas, mi manera de sentir, y eso es algo que siempre te deberé y por lo que te doy las gracias. A veces lo importante de un viaje no es el destino y sí el camino que nos lleva a él. Tú has sido ese camino para mí.
- No digas esas cosas, amor mío. No te olvidaré y te echaré tanto de menos que no soportaré la idea de estar lejos de ti. El universo conspirará a nuestro favor, ya lo verás. Algo se nos ocurrirá.
Con estas últimas palabras los dos rompimos a llorar como los niños que realmente éramos y un manto de ternura nos envolvió a modo de último abrazo.
- Hasta mañana, Nuria. Te ayudaré a subir el equipaje al coche. Te veré desde mi ventana cuando salgas y bajaré a despedirte. Gracias por escribir junto a mí el mejor verano de mi vida.
La muchacha no pudo ya ni contestarme y una leve sonrisa fue lo último que pude ver de ella, mientras nuestras manos se separaban a nuestro pesar.
Terriblemente triste volví a la soledad de mi habitación, a mi cama vacía y embargado por las sensaciones de tan mágica noche, terminé siendo derrotado por el ejército del sueño, mientras mi alma volaba entre las brumas del cansancio buscando la de Nuria.
En un segundo cargado de miedo me desperté sobresaltado y miré el reloj con una mueca de pánico sobre mi rostro. Me había quedado dormido y había faltado a la primera de mis promesas. Corriendo salí despedido de la cama y me acerqué a la ventana. Desde lo alto, pude ver como Nuria echaba un último vistazo a mi cristal y con una lánguida mirada, se subió en el coche de su padre. La luz impidió que pudiera verme.
Con la sangre hirviendo en mis venas me lancé escaleras abajo, crucé el salón y abrí con estrépito la puerta, justo en el momento en el que el coche iniciaba su trayecto fuera del complejo de casas de la costa.
Sin pensármelo dos veces salté sobre mi bicicleta y aprovechando la poca velocidad del vehículo, pedaleé con todas mis fuerzas hasta que consiguí llegar hasta la ventanilla de mi chica.
Nuria se sorprendió mucho al verme y con una brillante sonrisa bajó el cristal. Un torrente de palabras escapó al cielo de la mañana, uniéndonos con firmes lazos de seda por última vez.
- Te quedaste dormido, Capitán, pero esto lo compensa. Te quiero y siempre te querré. No te olvides de mí, no te olvides de nuestra historia. Seguro que un día escribirás un bonito libro sobre ella.
- Cuídate mucho, Nuria y recuerda que cuando duermas, yo te velaré, de alguna forma lo haré. Piensa en todo lo que hablamos ayer y tenlo presente. Iré a buscarte pronto. No te dejaré. Esto sólo es el final de este primer verano, no de lo nuestro. Te quiero. Mantente a salvo.
Al mismo tiempo que yo le contestaba, nuestras manos se estrecharon un último instante a través de la ventana y en ese preciso momento, el coche aceleró finalmente y se perdió entre una polvareda de recuerdos de treinta días y treinta noches.
Detuve mi bicicleta derrumbado, viendo cómo Nuria se alejaba de mi vida, contemplando cómo el vehículo se perdía en el horizonte. No me podía creer que ella se hubiera ido. No podía ser posible, pero el eco ya lejano de su voz me demostró que debía volver a mi existencia sin ella.
Prometí bajo un cielo plomizo que volvería a verla, que tendríamos nuestra oportunidad y reconfortado por este pensamiento, inicié el camino de regreso a mi casa.
Una ligera lluvia puso el epitafio a nuestro verano, mojando de gris mis sentimientos y haciéndome recordar, que la soledad iba a ser una fría compañera para mí. En esos precisos instantes de mi todavía joven vida, no pude imaginar hasta que punto iba a ser cierta esa amarga sensación.
Empapado entré en el pequeño jardín de mi casa, conteniendo un profundo llanto que pugnaba por escapar de la prisión de mis ojos y me dirigí esperanzado hacia la baranda desde donde hacía apenas un mes, había visto por primera vez a Nuria. Luché por distinguirla todavía tumbada en su hamaca, confiando en que todo hubiera sido una pesadilla, pero su imagen, como ese inolvidable verano que nos había unido, era ya únicamente un huésped de mi imaginación.
Había descubierto junto a ella el amor, me había hecho un hombre a su lado y la primera vez que se siente tan bello sentimiento, nunca se olvida.
Nuria sería para siempre, mi primer amor.


Hasta la próxima huida.

jueves 20 de agosto de 2009

El primer amor (Tercera Parte)

... - Como veo que eres chico de pocas palabras, ya me presento yo si te parece, pues me niego a seguir siendo observada desde la distancia durante todo el verano. Me llamo Nuria y lo siento, pero disimulas muy mal cuando miras a una chica. ¿No te lo han dicho antes?
Con estas mordaces palabras, la joven consiguió desarmarme del todo y no pude hacer otra cosa que sonreírle. Le había quitado hierro a mis torpes maneras de conquistador, acompañando su discurso con una mirada fresca y una deslumbrante sonrisa.
- Espero que me perdones. No pretendía molestarte. Yo me llamo Ramón, vivo en la casa junto a la tuya y sigo todavía un poco descolocado por tener que haber venido arrastrado por mis padres, hasta este apartado rincón del planeta. Ahora sin embargo, empiezo a pensar que me va a gustar pasar este mes en las playas de Terreros.
Tras romper el hielo me relajé, me sentí más cómodo y nos enfrascamos en una interesante conversación, en la que nos fuimos contando de forma espontánea aspectos de nuestras vidas.
Yo le hablé de mis estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Granada, de mi existencia entre libros e historias, de mi anhelo por ser escritor, de mis buenos amigos con los que empezaba a aprenderlo todo, de mi familia, de mis pocos años todavía. Le hablé con pasión de mis sueños y de mis esperanzas, de mis aficiones, de mis pensamientos, de mis triunfos y derrotas, de lo que le pedía al cielo cada vez que alzaba mis ojos a las blancas nubes y así se fue pasando la tarde, entre palabras que quedaban suspendidas en la brisa marina.
Ella por su parte me contó también vida y milagros. Así supe que era madrileña y que para mi fortuna, por primera vez había bajado con sus padres a la costa almeriense para sus vacaciones. La verdad es que pensaba que se trataba de un lugar muy tranquilo y estaba disfrutando de la compañía de la soledad. Su vida era muy ajetreada y por ello, le estaba viniendo muy bien el descanso. Tenía 18 espléndidos años y en septiembre empezaría a estudiar para ser enfermera, su vocación desde que era una niña. Le gustaba mucho leer, algo que compartíamos según parecía y sus días igualmente estaban rodeados de muchas amistades, con las que iba llenando su tiempo.
A esa primera conversación, donde empezamos a descubrir que teníamos mucho en común y donde sentamos las bases de una futura amistad, le siguieron muchas otras, que nos fueron reconfortando por dentro con mayor intensidad. Buscaba a Nuria a cada momento, como si no existiera nada más que ella a mi alrededor. Las horas volaban a su lado y yo me dejaba seducir por el eco de su voz, por la música de su risa o por el brillo dorado de su limpia mirada.
Nos hicimos inseparables, ajenos al resto del mundo y los días fueron pasando entre aventuras y bromas. Bajábamos juntos a la playa y dábamos largos paseos por la orilla del mar, mientras salvábamos el mundo con nuestras ideas. Nos dejábamos mecer por las olas de plata de un Mediterráneo, cálido y sereno, que nos acogía en un sinfín de refrescantes baños. Nos sentábamos en la arena y buscábamos el vuelo de las gaviotas, soñando con que nuestras almas pudieran volar de igual manera, lejos de allí.
Cada momento que compartía con Nuria era especial y sin embargo, nada ocurría entre nosotros en esas primeras semanas, como si tuviéramos miedo de dar un paso más y enfrascarnos en uno de esos amores de verano, que sólo son estrellas fugaces en medio de la noche. Tácitamente parecía que habíamos decidido ser únicamente amigos, conservar siempre un bonito recuerdo el uno del otro y no complicar más las cosas.
Sin embargo, pedaleando en nuestras bicicletas por carreteras desoladas junto a la costa, mi corazón se aceleraba viéndola a mi lado. Por las tardes solíamos explorar las calas cercanas a San Juan de los Terreros y cada nueva excursión en su compañía, me hacía estar más enamorado de ella. La adoraba y cuando me hablaba, era como si el mundo se detuviera, como si dejara de girar en su eje imaginario, para hacerlo en torno a Nuria. Ella era el pilar que sustentaba mi ser.
Guardé mis sentimientos cuanto pude, tratando de escapar además de los comentarios maliciosos de mi familia; pero una tarde, cuando el sol se hundía herido de muerte en un mar naranja, solos en la playa del Pozo del Esparto, mi mano buscó la suya en la arena y nuestros dedos se entrelazaron al instante. Nos miramos de forma súbita y no hubo necesidad de decir nada más. En ese preciso instante supe que la quería como sólo un hombre puede querer a una mujer y que moriría por ella si me lo pidiera. Así que me acerqué tímidamente a su rostro de sirena y la besé cerrando los ojos.
El viento lanzaba suspiros en nuestros oídos e incipientes estrellas empezaban a aparecer en el firmamento, mientras nuestros labios se unían en un primer beso que jamás olvidaré.
El sabor de su boca fue néctar en mi paladar y el calor de su abrazo me hizo descubrir los secretos de eso que los poetas llaman amor. Se nos hizo de noche sin darnos cuenta, arrastrados por una marea de besos, que empezó a unirnos para siempre bajo el cielo de Andalucía.
A partir de ahí nuestra relación se acrecentó y le fuimos dando forma a nuestro joven e inexperto amor. Hablábamos a cada momento e incluso empezamos a hacer planes, tratando de no tener que ponerle un punto y final tan abrupto a nuestros sentimientos. A ambos nos asustaban las despedidas.
Pero el reloj de arena de nuestras vacaciones se fue agotando y los días volaban sin pausa, como esas gaviotas que tanto nos gustaba observar el uno al lado del otro. Se nos iba el tiempo entre besos furtivos y caricias clandestinas, perdidos en mil y un lugares, que quedaron marcados para siempre en nuestros apasionados corazones adolescentes.
Decir que estaba enamorado de Nuria sería un eufemismo y es que estaba loco por ella. No pensaba en otra cosa que en estar juntos y machacaba mi mente buscando formas de sorprenderla o de agasajarla. Nuria era un ángel para mí y continuamente me salvaba con su dulzura y con su tierno carácter. El rumor de sus alas era mi brújula cada día.
Adoraba su ingenuidad, su personalidad soñadora, sus ganas de cambiar el mundo, su ímpetu arrollador. Era incansable al desaliento y desde el mismo momento en que nuestras miradas se encontraban, ambos sabíamos lo que estaba pensando el otro. Parecía imposible encontrar dos personas más perfectas para caminar en un destino común y así fuimos consumiendo nuestro mes, nuestra historia, llevando la felicidad por bandera y compartiendo mucho más que un verano.
La mayor certeza de este universo es que el tiempo corre imparablemente. Siempre salimos derrotados ante él y la despedida empezó a ser una amenaza en nuestro paraíso. Pronto ella se marcharía a Madrid y yo a Granada y eso nos hería el espíritu con crueldad. La mitad de un país se iba a interponer entre nosotros y eso nos martirizaba.
Como tratando de huir de tan funestos pensamientos, seguimos pasando cada día juntos con una mayor ilusión, sumergiéndonos a nuestro antojo en la espuma blanca del mar, saliendo a pescar entre las rocas, paseando por playas inhóspitas, hablando de la vida y de la muerte y todo ello cogidos de la mano, dichosos por habernos encontrado.
Habíamos hablado tanto que parecía que nos conocíamos de toda la vida y poco a poco, un intenso amor fue prendiendo en nuestras pupilas, sin que ni siquiera nos percatáramos de ello.
Durante ese mes, nada había existido salvo nuestra relación y en cada nuevo paseo, habíamos descubierto algo más que nos había unido, que nos había acercado a los brazos del otro.
Por las noches, tumbado en mi cama vacía, no podía dejar de pensar en Nuria, en la jornada que acabábamos de compartir y me ponía triste al comprender que pronto nos separaríamos. La vida era muy injusta, porque me había dejado entrar en el paraíso para ahora desterrarme de él.
Y con esos negros pensamientos, me dormía cada madrugada, soñando con nuevos encuentros con mi niña de los ojos color miel, imaginando cómo sería vivir a su lado, dormir en su regazo, respirar de su aliento, comer de su piel o morir en su cuerpo.
Mi biografía no podía quedar ya huérfana de su presencia, pero la alegría siempre es fugaz y una noche después de cenar, tomándonos un helado sentados en la rocas del Pichirichi, con miles de estrellas como testigos y con el sonido de las olas del mar retumbando en nuestras almas, Nuria me anunció que el día siguiente sería el último que pasaría en San Juan de los Terreros. Su familia regresaba a Madrid. No había vuelta atrás.
Mi corazón fue atravesado de repente por una bandada de cuchillos y una enorme tristeza se apoderó de mí, mientras me faltaba hasta el aire. No supe qué decirle y apenados, en silencio, paseamos hasta su casa, donde como cada noche, la dejé ante su puerta besándola en la mejilla.
Por primera vez en mi vida había conocido el amor, un amor que tal y como había venido, parecía ahora que se iba a marchar. Un río de lágrimas inundó mi almohada al acostarme y no pude dormir, pues al cerrar los ojos, no hacía otra cosa que verla a ella. Las horas pasaron lentamente y rememoré de manera minuciosa todo aquel maravilloso mes que había compartido con Nuria. Miles de recuerdos se sumergieron en las aguas de mi memoria y así el sol empezó a acariciar el quicio de mi ventana, anunciando un nuevo día, el último que iba a poder disfrutar estando al lado de Nuria…

Hasta la próxima huida.

jueves 6 de agosto de 2009

El primer amor (Segunda Parte)


San Juan de los Terreros, verano de 1989


Cuando salí malhumorado del Renault 18 verde botella de mi padre, un sol de justicia hizo brotar perlas de sudor de mi joven frente de 20 años. Transcurría el verano de 1989 y como siempre desde que tenía uso de razón, mi padre nos arrastraba a vivir un mes en la porción de costa almeriense donde él se hizo un hombre, en la playa de San Juan de los Terreros.
Lo cierto es que durante mi época de niño anhelaba llegar a la vieja casa familiar, para reunirme con mis primos y abandonarme a juegos sin fin; pero a medida que los años se iban depositando frenéticamente en mi reloj de arena, se me hacían más aburridas e insoportables las vacaciones que compartíamos toda la familia lejos de mi querida Granada.
Así que con el rostro pintado con las huellas de un profundo enfado, me dispuse a bajar junto a mi hermano las maletas y demás enseres con los que mi madre, había cargado el coche sin contemplaciones. En mi interior, funestos pensamientos se arremolinaban al comprender, que los días iban a ser muy largos para mí, sin la compañía de mi pandilla de amigos.
Con el alma en los talones subí la pequeña cuesta que nos separaba del hogar de veraneo de los Martínez, cegado por un deslumbrante cielo azul. Tras los saludos de rigor a la familia paterna, guardé mis pertenencias de forma desordenada en el armario y salí raudo al porche, para alejarme un poco de tanto jaleo fraternal.
Me apoyé en la barandilla, de pie frente al mar y contemplé el mismo paraje que desde hacía más de una década, me daba la bienvenida cada verano. Allí seguía impertérrito el Pichirichi, la inmensa lengua de roca pálida que se adentraba entre las olas, separando la playa en dos nombres, la mar brava y la mar serena.
Todavía resonaban en mi mente las discusiones que había mantenido con mis padres en los últimos días, pidiéndoles que me dejaran quedarme solo en nuestro piso de la calle Cervantes en la capital granadina, prometiéndoles que podían confiar en mí, pues ya era mayor. Pero todo había sido en balde y no había sabido encontrar argumentos válidos, que me privaran de estar allí una vez más, maldiciendo mi triste suerte.
Me iba a perder todos y cada uno de los planes que había ideado con mis amistades e inmerso en esa frustración estaba, cuando al girar la vista de forma casual hacia la casa de al lado, la vi a ella, como si fuera un sueño, tumbada en una hamaca leyendo una revista juvenil.
Una preciosidad de más o menos mi edad, de piel morena y pelo negro, se tostaba al sol estival, ajena a cuanto transcurría a su alrededor. Un sencillo bañador floreado tapaba su delgado cuerpo y todo en ella irradiaba una gran belleza.
De repente la chica dejó de leer, alzó su vista y unos almendrados ojos color miel alzaron el vuelo hacia el mar cercano, como gaviotas que buscaran la libertad del horizonte. No podía dejar de observarla, con la respiración entrecortada y ella se percató de mi deliberado espionaje, dedicándome una dulce sonrisa cuando nuestras miradas se cruzaron.
Tras ese breve instante donde el tiempo se detuvo para mí, la desconocida joven se levantó de su asiento y corrió inocente hacia su casa, perdiéndose en las sombras más allá de la puerta abierta. ¿Quién era esa chica tan guapa? Mi memoria se puso a trabajar frenéticamente, pero no encontró nada entre los recuerdos de otros veranos, así que le pregunté a mi tía Isabel sobre los vecinos, con la intención de que me sacara de dudas.
Mi tía me contó que era unos madrileños, que les habían alquilado la casa a los Jumilla. Éstos atravesaban serios problemas económicos, por lo que se habían visto obligados a prescindir de sus vacaciones y ceder su propiedad unas pocas semanas a cambio de un buen dinero. Poco más sabía de ellos, pues eran algo reservados, aunque añadió pícaramente que el matrimonio tenía una hija muy guapa, a la que seguro que le encantaría conocerme, pues se la veía muy sola desde que llegó.
Le dí un beso a mí tía y recibí la información con una inmensa dicha, agradeciéndole al destino la tregua que me concedía. Al fin y al cabo, un apasionante reto se presentaba sin esperarlo ante mí, conquistar a la chiquilla de los rizos coloreados de carbón.
Mi corazón latía muy deprisa, como un tren desbocado por las vías de la aventura y una gran sonrisa se dibujó en mis labios, mientras con mi toalla en las manos, bajaba los pocos escalones que me separaban de la playa. Me senté sobre la arena a esperar y recé para que ella también bajara pronto.
Sin duda era mi día de suerte, porque a los pocos minutos de estar allí, una ninfa de caramelo llegó hasta la orilla, bailando sobre unas sandalias de cuero marrón anudadas a los tobillos. Se había colocado un vaporoso vestido de lunares sobre el bañador y encima de su cabeza, colgaba un gracioso sombrero de juncos. Una vez más parecía ausente y de espaldas a mí, sus pies jugueteaban con las pequeñas olas que vestían la cálida arena de espuma y de sal.
Nuevas y extrañas sensaciones se agolpaban en mi pecho, mientras mi sangre martilleaba mis sienes en el yunque del nerviosismo. Sabía que tenía que acercarme a ella, presentarme, decirle cualquier cosa, inventar algo ingenioso que la hiciera reír, lo que fuera con tal de poder estar a su lado y escuchar por fin el canto de su voz.
Hasta el momento no me había enamorado jamás de una chica y no sabía por tanto lo que se sentía, pero estaba convencido de que se le tenía que parecer bastante a lo que experimentaba viendo a tan dulce criatura, ya que me encontraba hecho un flan, convertido en un manojo de nervios.
Hice un par de vanos intentos de levantarme de la toalla y de poner rumbo hacia el paraíso de sus curvas de mujer, pero una ciega timidez me impedía moverme y entonces, de improviso, ella se dio la vuelta y de nuevo nuestras miradas se encontraron, en medio de una playa plagada de gente.
Pensé que volvería a irse, huyendo de mí y de la torpeza de la que yo hacía gala, pero contra todo pronóstico, la muchacha dibujó en sus labios una jugosa sonrisa de fresa y lentamente, se fue acercando a mí, como invitándome a que bajara mis defensas.
Me quedé paralizado, con la boca seca, el pulso acelerado y el orgullo pugnando por escapar lejos de allí, al temer hacer el ridículo. Pero me fue imposible huir, estaba anclado en la tierra y el mar de veraneantes se fue abriendo a su paso, como las aguas ante Moisés. Sus pequeños pies no pararon hasta estar en frente de mí, como una fugaz aparición, momento en el cual se tumbó a mi lado con sorprendente soltura.
Un instante de silencio nos envolvió. Ella magnífica, bella y radiante, como una promesa de un mañana mejor, como una fresca brisa que protegía del calor. Yo empequeñecido, temeroso e incapaz de alzar mis ojos del suelo, como si toda mi inexperiencia en la profesión de ser hombre, me estuviera pasando factura en el peor momento.
La situación sin embargo pareció divertir a mi nueva amiga, pues una sincera carcajada sesgó de cuajo el ambiente. Ladeó su cabeza de manera sutil hacía mí y entonces, mientras yo me hundía sin remedio en el acantilado de sus ojos, mis miedos se desvanecieron como un castillo de arena ante el oleaje, cuando ella me habló…


Me voy una semana de vacaciones lejos de mi hogar, por lo que os dejo al cuidado de mi desván.
La historia veraniega continuará a mi vuelta.
Hasta la próxima huida.


martes 28 de julio de 2009

El primer amor (Primera Parte)

Empiezo este relato, con la sana intención de homenajear a uno de mis escritores favoritos, que no es otro que Carlos Ruiz Zafón. Los fieles seguidores de este genial narrador de historias, reconocerán la estructura de mi composición, pues pertenece a una de sus primeras novelas, concretamente a “Las luces de septiembre”, un libro que descubrí y que amé gracias a mi querida Auxi, mi amiga y mi hermana.
No es la primera vez que este afamado escritor me inspira, ya que mi relato titulado “Elia”, que vio la luz en mi desván hace ya algún tiempo, apareció en mi mente después de devorar en apenas dos días otro regalo de Auxi; en esta ocasión, “Marina”.
Espero por tanto que os guste la historia, porque las palabras que le dan forma y contenido, sí que son únicamente mías.
Hasta la próxima huida.

Granada, 28 de julio de 2009

Mi querida y añorada Nuria:

Hoy hace justamente veinte años que te vi por primera vez y el recuerdo sigue vívido en mi mente como el primer día. Si cierro mis ojos puedo ver todavía el baile de tu pelo al compás de la brisa marina o el brillo intenso de tus ojos color miel.
A tu lado viví las mejores vacaciones de mi vida y hoy, echando la vista atrás, comprendo que no he podido olvidarte y que sigo soñando con tus besos, con tus abrazos y con pasear de tu mano por la orilla de un Mediterráneo, que nos acogió cálidamente en el verano del año 1989.
Éramos unos niños cuando nos conocimos y a pesar de ello, quisiera creer que nuestros sentimientos fueron sinceros y puros, que fueron verdaderos más allá de la edad. Me enamoré de ti a primera vista y cada día de ese imborrable mes que pude pasar a tu lado, es una bella fotografía que guardo con cariño en el álbum de mi existencia.
Hace ya años que no sé de ti y que no respondes a mis cartas, aunque prometiste que lo harías, pero hoy la nostalgia se apoderó nuevamente de mí y he vuelto a apostar en la ruleta del destino, con la esperanza de que ésta vez sí, pueda ser yo el ganador.
Aquellos viajes en bicicleta por la costa almeriense, entre risas y calas de nombres ya olvidados, pueblan mis sueños aún en infinidad de noches. Sin duda la luna, que nos hizo de testigo cómplice en nuestras románticas aventuras, es la misma que hoy se burla de mi soledad y eso, es algo que me hiere en lo más profundo de mi ser.
Te hice caso y me dediqué a contar historias, persiguiendo durante una década el sueño de convertirme en escritor; aunque la fama jamás golpeó mi puerta, así que terminé de redactor en un humilde periódico local.
Sigo soltero, nunca me casé y a veces, me gusta pensar que es porque te esperé, porque mi corazón te sigue buscando entre las olas de cualquier mar en el que me sumerjo; pero lo cierto es que tuve mis historias como todos. No resultaron y después de cada fracaso, después de cada nueva herida en mi alma, tu recuerdo llegaba a mí como el vuelo de una de esas gaviotas, que tanto nos gustaba contemplar al atardecer.
Podrás creerme o no, pero nunca he dejado de pensar en ti y hoy en día, convertido ya en un hombre maduro de 40 años, habiendo traicionado la promesa que te hice de no crecer nunca, echo la vista atrás y me sorprendo echándote de menos, al mismo tiempo que vuelvo a rememorar el sabor de tus labios en los míos.
Mi cielo cada vez es menos azul y no logro sacarte de mi pensamiento de un tiempo a esta parte. Siento el roce de tu piel en la mía, bañada en salitre como antaño. Descubro que el sol ya no brilla tanto como cuando mis pasos se perdían en los tuyos. Y el viento, ya no me acaricia el rostro con tus dedos. En definitiva, mi vida nunca fue la misma sin ti.
Quisiera retroceder en el tiempo y llegar de nuevo a San Juan de los Terreros esa calurosa mañana de hace veinte años, protestándole a mi madre porque yo quería quedarme en la gran ciudad con mis amigos de la universidad.
En mi ignorancia, pensé que iba a vivir un verano anodino más en esa playa olvidada de la mano de Dios, donde mi padre disfrutó feliz de su infancia. Creí que nada me esperaba cuando crucé el umbral polvoriento de la pequeña casa familiar. No sospechaba entonces ni por un instante, que en la puerta de al lado, me esperaba el vuelo de un ángel, que me cambiaría el rumbo para siempre. Ese ángel fuiste tú y la certeza de haberte perdido me atormenta.
Ojalá hubiéramos tenido la oportunidad de compartir nuestras vidas, de profundizar en una pasión que nos unió de una forma tan especial. Yo sé que tú también me quisiste y que la manera en la que nos entregamos fue real. Pero desgraciadamente, todo verano tiene su final y el nuestro, también acabó en una despedida enmarcada por grises nubes de lluvia.
Quisiera pensar que tú tampoco me has olvidado y que aunque hayas podido disfrutar de una vida maravillosa, que es lo que te deseo, en el silencio de la noche, en ocasiones, una inquietud se haya apoderado de tu espíritu, con la duda de lo que habría ocurrido si nuestro encuentro, se hubiera producido siendo los dos más mayores.
El destino no nos dio una oportunidad y eso me pesa. Pero ya poco importa, porque el sonido del mar, hace muchos años que no se escucha en la caracola de mis días.
Te mando la sinceridad de mi más ferviente amor, mis mejores deseos y el sueño de volver a saber de ti alguna vez. No sé si podrás leer estas palabras llenas de nostalgia y desconozco lo que significarán para ti, pero mis últimas letras en esta carta, son para decirte de nuevo que te quiero.

Siempre tuyo en la distancia.


Ramón.

domingo 19 de julio de 2009

La boda de mi hermano pequeño

Ayer, un 18 de julio de 2009, se casó mi hermano Álvaro con su novia de toda la vida, demostrando que todavía es posible creer en el amor. Sin duda él y Vanesa forman una gran pareja, a la que deseo la mayor de las suertes. Sé que van a ser muy felices, porque son dos magníficas personas, buenas en esencia y hechas el uno para el otro. Espero estar a su lado y ser testigo de su dicha en común.

El caso es que me tocó vivir la ceremonia en primerísima persona, ya que al ser yo su único hermano y encima mayor que él, me pidió que participara en diferentes aspectos del enlace. Fue un placer ayudarle, acompañándole en el día más especial de su vida y confío en haber dado lo mejor de mí, en cada uno de los papeles que me tocaron desempeñar.

Todo salió muy bien afortunadamente y creo que se vivió una jornada muy bonita, pero si tuviera que quedarme con algo para que no se me olvidara jamás, si tuviera que elegir un único aspecto de todas las horas que vivimos juntos, me quedo con la forma que tenían de mirarse la joven pareja. Vi mucho amor en sus ojos, mucha ilusión, mucha esperanza, lo cual reconfortó mi castigado corazón.

La verdad es que el brillo romántico de sus pupilas, me hizo pensar que merece la pena luchar si al final obtenemos una recompensa tan importante, la de poder compartir tu vida con la persona a la que amas. Envejecer al lado de alguien, compartiéndolo todo sin vacilar, debe de ser la más bella aventura que se pueda vivir bajo el sol. Ojalá disfrute de la mía algún día.

Y bueno, confieso que espero que me hagan tito pronto, ya que me encantan los niños. Será el siguiente paso, que cuando ellos decidan, les toque dar juntos a Álvaro y Vanesa. Seguro que lo harán con esa humildad, esa sencillez y ese cariño, con que lo han hecho todo desde que empezaran a salir siendo apenas unos inocentes niños.

Hay algo hermoso en que unos veinteañeros, a pesar de los difíciles tiempos que nos están tocando vivir, decidan caminar unidos. Es precioso que mantengan esa fe en el amor, para llevar su historia a buen puerto. Y así se lo reconozco yo desde aquí, mi humilde desván, con el ferviente deseo de que sus sueños no dejen jamás de cumplirse. Os quiero mucho, chicos y siempre estaré de vuestro lado. Contra viento y marea. Ahora, sentiros orgullosos de lo que habéis construido.

Para finalizar y como es norma habitual en este blog, me gustaría regalaros un poema, con el que poner el broche de oro a uno de los días más importantes de mi vida y de la vuestra. Espero que os guste y que tenga un sitio de honor en vuestros corazones. Vanesa y Álvaro, Álvaro y Vanesa, os lo dedico con todo el cariño y no olvidéis que hay que amarse con el alma, ya que es lo único de nosotros que nunca muere. De esta forma únicamente, el amor perdurará para siempre y os hará inmortales.

Hasta la próxima huida.


SÍ QUIERO

Cuando la lluvia cale en nuestros corazones,
cuando el viento derribe nuestras puertas,
el amor llenará nuestras alforjas de razones,
para que nuestras esperanzas no queden desiertas.

Cuando de nuestros espíritus se apodere la tristeza,
cuando los problemas atormenten nuestras vidas,
el amor reafirmará cada día la dulce certeza,
de que unidos nuestras almas están más protegidas.

Cuando el camino se haga cuesta arriba,
cuando el cielo se llene de nubes oscuras,
el amor nos salvará de ir a la deriva,
a la vez que corta nuestras ataduras.

Por todo ello decido quedarme a tu lado,
para llevarte cada madrugada como tu costalero,
para cuidarte siempre como tu enamorado
y para no traicionar jamás nuestro sí quiero.

sábado 11 de julio de 2009

Bajo la luz de la luna

Algo tiene que tener la luna, que tanto nos atrae a hombres y mujeres. Su blanca palidez, su nostálgica belleza, su romántico brillo, su onírica presencia.
Sin duda es fuente de inspiración desde siempre para toda clase de poetas, desde los maestros más consagrados, hasta los más humildes aprendices en el arte de tejer versos.
Yo tampoco soy inmune a este influjo y en más de una ocasión me he dejado llevar por la magia que desprende la luna llena. Recuerdo por ejemplo infinidad de veces en las que me he sentado de noche a la orilla del mar, viendo como los rayos celestes se bañaban entre las suaves olas.
Y en esos momentos siempre me da por soñar, así que cierro los ojos y dejo que mi mente vuele libre hacia el horizonte, llegando a donde yo no soy capaz de llegar.
Mis sueños te tienen como protagonista a ti, mujer, porque ansío el momento de poder compartir mi vida contigo. Entonces y sólo entonces, la luna me parecerá más hermosa, más radiante y menos solitaria.
Soy un romántico, lo sé, no lo puedo evitar; pero por muchos golpes que me propine la providencia, no ceso en mi empeño de alcanzar algún día el abrazo de mi alma gemela, para fundirme con ella en el fuego de un amor, que esta vez sí, dure para siempre.
Mientras tanto, mientras el destino sigue jugando conmigo al escondite, lucharé por no perder la esperanza, confiaré en que no se me agoten las fuerzas a la hora de seguir creyendo y pensaré que lo mejor, está todavía por llegar.
Esta noche os prometo que volveré a alzar mi mirada a un cielo negro cuajado de estrellas y buscaré el reflejo lunar en medio de la madrugada. Quién sabe, quizás se produzca el hechizo que haga realidad que tú, te encuentres a mi lado.
Hasta la próxima huida.


BAJO LA LUZ DE LA LUNA

La luna llena reinaba pálida en el cielo,
en el momento en el que me enamoré de ti
y desde entonces guardo en mi pecho el anhelo,
de cumplir a tu lado cuanto te prometí.

Esa noche vi pasar la vida en tu mirada
y busqué para mis desiertos tu oleaje.
Déjame niña cuidarte cada madrugada
y que tu piel sea a diario mi traje.

Los rayos de plata peinaban tu pelo
y las estrellas se posaban en tus ojos,
mientras yo besaba tus labios de caramelo
y mi corazón abría sus siete cerrojos.

Pero una vez más nada de lo vivido fue real
y la imagen se borró de mi mente al despertar.
Ni rastro de tus besos, ni de tu boca de coral.
Todo había sido un sueño romántico para mi pesar.

Desde ese amanecer no dejo de soñar contigo,
confiando en que salgas por fin de mi pensamiento,
para que aparezcas en mi vida y te quedes conmigo,
dándole con tu amor un final feliz a mi cuento.

jueves 2 de julio de 2009

Mis raíces

He estado unos días de escapada por Barcelona con la excusa del concierto de U2, el cual dicho sea de paso, fue alucinante. Siempre nos quedará With or without you.
Nostalgias aparte, me han tratado genial, ya que tengo muy buenos amigos por allí y sin duda, se trata de una ciudad muy bonita, con mucho que ofrecer. Sus alrededores también son atrayentes desde múltiples puntos de vista y lo cierto es que uno se lo pasa muy bien por tierras catalanas, a pesar de las dificultades con el idioma. Algo que sigue costándome mucho comprender.
Pero bueno, no entremos en polémicas.
El caso es que siempre que tengo la suerte de viajar y lo hago con bastante frecuencia como sabéis, me doy cuenta de lo afortunado que soy al haber nacido en Andalucía y es que me siento muy orgulloso de mi tierra. Cada vez más.
Realmente pienso que soy un privilegiado por pertenecer a la patria de la alegría y como se vive por estos lares, lo siento mucho por los que no son de aquí, no se vive en ningún sitio.
Así que les doy las gracias a mis padres por haberme dado la oportunidad de ver mi primera luz en Granada, pues eso me permitió ser andaluz.
Hoy por tanto me gustaría escribirle a mis raíces, porque creo que es bonito sentir apego hacia el cielo que nos vio nacer. Un cielo que en Andalucía, casi siempre es azul. Aquí tenemos de todo, buenas playas, montañas escarpadas, campos verdes, un clima envidiable, historia y cultura a raudales, miles de rincones con encanto, monumentos legendarios, etc, etc.
Pero por encima de todo, lo que tenemos es el sello de ser buenas personas, gentes sinceras que miran a la vida con alegría y sentido del humor, gentes apasionadas que llevan el arte y el embrujo por bandera, gentes cercanas y abiertas que viven y dejan vivir.
En pocas palabras soy incapaz de describir todo lo que representa mi tierra en el mundo, así que os invito a venir a conocernos para descubrirlo, si es que hay todavía algún despistado por ahí que no se haya dejado seducir por la magia blanca y verde de nuestras fronteras.
Os esperamos con los brazos abiertos en el Sur, guardando el legado de Lorca, Picasso, Alberti, Velázquez, Machado, Juan Ramón Jiménez, Falla, …
Hasta la próxima huida.


ANDALUCÍA

Jaén es un verde mar de olivos bajo una luna plateada.
Córdoba destila magia en los arcos árabes de su mezquita.
Sevilla vive el embrujo de un río que baña una torre dorada.
Y Huelva se siente descubridora al amparo de una playa infinita.

Cádiz cuida de su carnaval cantado por el viento de los derroches.
Málaga luce un sol inagotable mecido por la mediterránea marea.
Granada guarda una Alhambra reina de las mil y una noches.
Y Almería convierte su Alcazaba en barca que el salitre zarandea.

Ocho ciudades que a mi tierra blanca y verde dan alegría y color,
que la cubren con su historia milenaria a modo de rico manto.
Ocho ciudades que son sinónimo de poesía, de leyenda, de amor
y que bajo un cielo azul forman Andalucía, la patria del encanto.

jueves 18 de junio de 2009

Dormir contigo


Añoro poder dormir con alguien. Para mí es un hecho muy especial, muy íntimo, porque significa que gozas de la complicidad y de la confianza plena de una persona, que para ti es importante.
Me gusta esa sensación de proteger a una mujer, de permitir que use mi pecho como su almohada. Me gusta ese sentimiento que nace al compartir sueños, al respirar un mismo aire, al sentirse tan próximo a otro ser humano.
Pocas cosas hay como convertir una cama en tu mundo, como dejar que todo lo demás pierda significado salvo los ojos de ella. Y lo cierto es que me gusta quedarme despierto mientras mi compañera duerme, porque eso me permite velar su descanso y cuidar fielmente de sus pensamientos.
Si eres capaz de escuchar el latido de un corazón, eres capaz de cambiar el universo.
El caso es que una habitación puede albergar momentos mágicos y dormir abrazado a alguien, sin duda es uno de ellos. No hay paisaje más hermoso que dos cuerpos unidos bajo las sábanas y el cuadro más perfecto jamás pintado, es una pareja dormida arrullada por un mar de caricias.
Pienso que debemos recuperar estas pequeñas cosas, que a veces pasan desapercibidas, pero que tan vivos nos hacen sentir. El mundo necesita amor, el mundo necesita que volemos y no existe un vuelo más majestuoso, que el cabello de una mujer suelto sobre la almohada.
Por todo ello, mi poema de hoy va dedicado a ti, pequeña criatura, que duermes soñando con un mañana mejor, que llenas cada rincón con tu presencia, que sigues luchando incansable al desaliento para alcanzar la felicidad que mereces, que apareciste entre las brumas para quedarte, que regalas sonrisas a manos llenas y que cuando cierras los ojos al dormir, sigues mirando con los del alma.
Sé que tus deseos se harán realidad, más pronto que tarde y espero poder ser testigo de tan memorable milagro. Ser especial en los tiempos que corren, tiene mucho mérito. Siéntete por tanto orgullosa de ti misma.
Como os decía, echo de menor poder compartir mi lecho con una mujer. Pero algún día estoy convencido de que volveré a despedir cada jornada con un tierno beso, mientras me acurruco feliz en un abrazo infinito.
Te espero, mujer de mis sueños, donde quiera que te encuentres ahora, donde quiera que estés.
Hasta la próxima huida.

DUERMES

Mirarte cuando duermes es mi fortuna,
mientras mis dedos peinan tu pelo como el viento.
Y tu cuerpo ahora en ausencia de movimiento,
me parece aún más hermoso que la propia luna.

En mi corazón no queda ya tristeza ninguna
y mi mente se vació a tu lado de cualquier tormento,
porque tu dulce sueño es mi único pensamiento,
cuando acaricio tu piel convertida en cálida duna.

Nacerán unas nuevas alas de las cenizas de nuestro dolor,
que nos harán volar libres entre nubes derretidas
y durmiendo juntos olvidaremos las heridas del desamor,
dándole un nuevo sentido a nuestras jóvenes vidas.

En el cielo de tu espalda buscaré esperanzado mi estrella
y juntos en la noche encontraremos por fin la calma.
Duermes a mi lado y no existe postal más bella,
así que no despiertes mi niña, que yo velaré tu alma.

viernes 5 de junio de 2009

Hoy es siempre todavía

Un jueves día 1 de junio del año 1.978, en la Clínica Inmaculada Concepción de la ciudad de Granada, a las dos menos cuarto de la madrugada, vino al mundo este aprendiz de poeta que desde hace ya algún tiempo, viene dejando en este polvoriento desván sus sentimientos y sus palabras como símbolo de amistad.
Este pasado lunes por tanto cumplí 31 años y uno no puede dejar de preguntarse si encaucé bien mi vida o no. Desde pequeñito he intentado dejar huella, ser una buena persona, servir de ayuda a todo el que se acercara a mí. Sin embargo, a veces pienso que no conseguí mis propósitos y que no supe calar en los corazones de los demás.
Desconozco los motivos por los que la mayoría de la gente que me rodeó, sólo fueron aves de paso en mi existencia. Me duele comprobar que de mi pasado prácticamente no queda nada y que mi vida por tanto, es una continua página en blanco que tengo que escribir sin cesar.
31 años como os cuento respirando en este planeta azul y todo por hacer todavía. Es la enésima vez que voy a tener que reinventarme, la enésima vez que me veo obligado a empezar de nuevo y ciertamente, empiezo a sentirme un poco cansado.
Pero como dijo Antonio Machado, hoy es siempre todavía, por lo que quizás no sea tarde para seguir soñando, para seguir confiando en que un mañana mejor es posible. Quizás pronto llegue mi momento y pueda encontrar refugio en unos brazos cómplices. La esperanza dicen que es lo último que se pierde y a mí ya no me queda nada más que perder.
Nunca me dio miedo cumplir años, nunca me enfadé al recordar la famosa expresión de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sí es verdad que últimamente, empiezo a sentir vértigo con cada nueva vela que se añade a mi tarta.
Me gustaría llevar otra vida, me gustaría alcanzar mis ilusiones.
Mientras sigo esperando, agradecer la dulce compañía que obtengo de todos vosotros. Es mucho el bien que recibo en este pedacito de mi vida y sólo confío en saber estar devolviendo el afecto que me llega. Las palabras escritas, jamás se las llevará el viento.
Así que gracias a las personas que me han acompañado en estos 31 años y mi cariño para todas ellas, las que se quedaron y las que se fueron. Ojalá sea al menos, un bello recuerdo en vuestras mentes. Ojalá el mar no haya borrado mis pisadas en vuestros corazones.
Echo la vista atrás sin nostalgia, con la esperanza de que lo que queda por venir, va a ser mucho mejor que lo vivido. Sé que me queda todavía un largo camino por recorrer, pero ahora no tengo miedo, ahora no siento rencor. Creo que por fin estoy preparado. ¿Me acompañas en mi paseo?
Hasta la próxima huida.

EN UNA CAJA

Mis legañas de cada mañana,
las lágrimas que derramé cuando te fuiste,
un corazón roto de porcelana
y mi marchita sonrisa de niño triste.

Las caricias que se me quedaron en las manos,
mi ropa sucia de todos los lunes,
la soledad llena de gusanos,
el miedo que ensucia mi alma de betunes.

Los besos muertos en mis labios,
mis abrazos cargados de mentiras ajenas,
las promesas que sólo fueron agravios,
mis frustrantes mil y una penas.

Los sentimientos no correspondidos,
el silencio de un domingo sin sol,
mi río de suspiros heridos,
los gastados zapatitos de charol.

El amor que se perdió una noche sin luna,
la amistad traicionada con malas intenciones,
las sábanas mojadas de mi inocente cuna,
los geranios secos de mis balcones.

Todo lo que me impide ser lo que yo era
y que en definitiva entorpece mi caminar,
lo voy a guardar en una caja de madera,
que hundiré para siempre en el mar.



MIKEL ERENTXUN - VASOS DE ROMA Y GINEBRA

Esta canción es para ti. Tú ya sabes quien eres. Gracias por todo y celebraremos juntos muchos más cumpleaños. Un beso fuerte.

lunes 25 de mayo de 2009

Fábula de la estrella y el caballito de mar



ELEFANTES - AZUL


De nuevo me tengo que sentir muy orgulloso de mi desván, porque gracias a él, he vuelto a conocer a una persona maravillosa, de ésas que merecen la pena encontrarse por el camino, de ésas que nos reconcilian con el ser humano.
Se llama Raquel y en muy poco tiempo, se ha hecho un hueco en mi corazón con su radiante sonrisa, con su entusiasmo contagioso, con su carácter abierto, con su dulzura, con su bondad y con una mirada esmeralda que corta la respiración.
Es un enorme placer estar a su lado, porque siempre consigue hacer que te sientas muy cómodo y porque es muy sencillo confiarle cualquier cosa. Así que sólo espero estar haciéndole tanto bien, como ella me está haciendo a mí. La verdad es que ha sido una gran suerte que el azar la llevara hasta el fruto de mis palabras y que tocara a mi puerta para entrar.
En los últimos tiempos sin embargo, ha pasado por momentos muy difíciles, porque el destino no siempre es justo con las buenas personas. Pero desde aquí, me gustaría decirle que estoy muy orgulloso de cuanto ha hecho y que tiene mucho mérito que no se haya rendido nunca. Estoy convencido de que saldrá adelante y de que será muy feliz, porque se lo merece con creces, ya que tiene un corazón de oro.
Así que mi querida amiga, hay que seguir luchando, hay que continuar peleando, por ti y por tu precioso hijo, que es tan especial como tú. Ten claro que para lo que necesites, me tendrás de tu lado de forma incondicional. Yo no me voy a ir. Yo te cuidaré y te protegeré. Los lobos ya se fueron y jamás regresarán.
Para premiar su condición de gran mujer buena en esencia y la sincera amistad que con tanto cariño me brinda, hoy he querido dedicarle especialmente mis palabras, a ella y al pequeño Alejandro, un niño genial, con la esperanza de que la mamá sepa comprender el mensaje de esta fábula, mientras se la lee a su hijo por las noches para que se duerma.
Quien sabe, quizás cuando nuestro querido planeta azul era más joven, esta historia ocurrió realmente. Es bonito dejarse llevar por la imaginación, es bonito no perder la fe y eso hago una vez más, confiando en que el resultado sea de vuestro agrado.
Como Raquelita es muy generosa, seguro que no le importa que le dedique este humilde cuento a otros niños que he tenido la suerte de conocer en esta última etapa de mi vida. De esta forma, me gustaría que Balma le contara este cuento a sus sobrinos Paula y Gabriel, que Auxi hiciera lo propio con su amiguito Ibai, que Mon hiciera de narradora para su guapísima sobrina Emma y que Clara lograra entretener a su hija Paulita y a su sobrino Nachete, leyéndoles estas frases con ternura.
En definitiva, hoy mi escrito va por todos los niños, los vuestros y los de los demás, porque ellos son la esperanza del mundo y porque ojalá logren lo que nosotros no hemos sabido hacer. Conseguir un mundo mejor, un lugar más habitable para cada uno de los que estamos aquí.
Que el mañana sea inocencia azul. Que la llama no se extinga.
Un beso muy fuerte para Raquel, la chica de los ojos verdes y mucho ánimo para el camino que todavía le queda por recorrer. Me gusta que estés ahí, niña. Me alegro de haberte encontrado y ojalá las palomas nunca dejen de volar en la Plaza de España.
Un abrazo para todos y gracias por formar parte de mi ejército.
Hasta la próxima huida.

UN NUEVO DESTINO

En el comienzo de los tiempos, cuando el mundo no estaba aún regido por la mano firme del hombre y todo era más puro y más limpio, existió una vez una preciosa estrella blanca, que cada noche, cuando el sol se iba a dormir agotado de ponerle color al día, aparecía radiante y hermosa en el cielo, para iluminar con un deslumbrante brillo, su rinconcito del firmamento.
Nuestra amiga se llamaba Esperanza y pasaba desapercibida entre sus millones de hermanas, entre una infinita multitud de pálidos resplandores. Cuando llegaba la oscuridad, la estrellita despertaba de su pesado sueño y empezaba su fantástico viaje por la bóveda celeste, para acabar con el reino de las sombras.
Esperanza era muy feliz brillando en medio de la noche y se sentía muy contenta del papel que le había encomendado el destino. No imaginaba otra vida mejor y así fueron pasando los años, maduros de rutina y monotonía.
Una noche sin embargo, decidió convertirse en estrella fugaz y cruzó el cielo de parte a parte, en una alocada carrera con la que quería escapar del aburrimiento. Esperanza reía y volaba, rauda, veloz, preciosa, con su cola resplandeciente sesgando las negras paredes de su mundo, de su hogar celestial.
En ésas estaba cuando de repente, la pequeña estrella tropezó con los pies de la luna, que bostezando somnolienta, no prestaba atención de por donde iba. Tras el choque, Esperanza se descolgó de su órbita estelar y cayó con estrépito al vacío, sin que sus manos pudieran agarrarse a alguna nube que detuviera la caída.
El pánico se apoderó de ella y temiéndose lo peor, cerró los ojos con fuerza, esperando el momento en el que se estrellara contra el duro suelo de piedra y tierra. No obstante, quiso la providencia que el mar amortiguara su descenso y Esperanza se hundió entre las suaves olas acuáticas, evitando así una muerte segura.
Cuando la estrellita se dio cuenta de lo ocurrido, nadó con todas sus fuerzas, para salir cuanto antes a la superficie. Una vez allí, a merced del vaivén de las aguas, Esperanza contempló a sus hermanas, que seguían brillando allá arriba en el cielo, ajenas a su terrible tragedia.
Con un gran pesar, gritó y gritó rompiéndose la garganta, con la ilusión de que alguien la escuchara, de que alguien la rescatara de su naufragio. Pero para su desgracia nadie la oyó y el silencio se tragó una y otra vez, sus peticiones de auxilio.
Viéndose perdida y abandonada a una triste suerte, Esperanza comenzó a llorar con amargura y negras lágrimas surcaron su bello rostro, mientras el brillo de sus cinco puntas era apagado por el viento de la melancolía.
Sus lamentos atrajeron la curiosidad de un caballito de mar, que nadó con cautela hacia ella, desafiando los grandes penachos de espuma y de sal que lo rodeaban.
- ¿Por qué lloras, preciosa estrellita? – preguntó el corcel del océano con una voz muy dulce tratando de consolarla.
- Me he caído del cielo y ya nunca volveré a ser una estrella. Estoy perdida aquí en el mar y jamás podré brillar como siempre he hecho, para iluminar la noche con mis destellos de plata – respondió Esperanza abatida y doliente.
El caballito de mar, que se llamaba Merlín y que vivía en un fabuloso palacio de perlas marinas, era un gran sabio, un famoso filósofo que reinaba entre los peces y las algas. Así que meditó un instante las palabras de la estrellita, mientras nadaba a su lado y finalmente, comenzó a hablar de nuevo con su firme voz.
- Escúchame bien por favor. No debes llorar, no debes estar triste. Allá arriba eras una más, una entre un millón. Tu vida habría sido anodina y aburrida, hasta el día en el que tu brillo fuera cegado para siempre por la inmensidad del cosmos. Sin embargo, ahora tienes la oportunidad de enfrentarte a un nuevo destino, a una nueva existencia. El mar es un lugar oscuro y aquí necesitamos tu luz, por lo que podrás también brillar, siendo la primera de una gran familia que vendrá después de ti. El océano te da la oportunidad de ser especial, así que no te conformes con un destino impuesto y forja el tuyo propio. Tú tienes ahora la última palabra, o te quedas aquí lamentándote y sintiendo envidia de tus hermanas, mientras languideces y terminas muriendo ahogada o me acompañas a las profundidades para crear una nueva especie, única y maravillosa. Sé valiente y recorre tu propio camino. No sigas el de otros. ¿Qué decides, pequeña estrellita?
Esperanza dejó de llorar al escuchar las palabras del caballito de mar y al instante, una gran sonrisa se pintó en sus labios. Su nuevo amigo tenía razón. Debía aprovechar la oportunidad y cambiar su vida para que ésta fuera mejor.
- Me has convencido, noble anciano. Me iré contigo y empezaré de nuevo. Merezco una segunda oportunidad – contestó Esperanza, feliz y dichosa.
Así que el poderoso Merlín la cogió cariñosamente de la mano y la condujo sin demora hacia las profundidades del océano, mientras las negras aguas a su paso, se iban volviendo azules en el espejo del cielo gracias a su intenso fulgor.
Cuenta la leyenda que la pequeña estrellita cumplió con creces su misión, que fue muy feliz y que pobló el fondo del mar con miles de preciosas hijas, dotándolo de belleza y de luz. En ocasiones volvió a la superficie, para admirar todavía el brillo de sus hermanas, pero ya no lo contemplaba con tristeza, orgullosa como estaba de la vida que había sabido crear. Había dejado de volar por el cielo, pero ahora surcaba con elegancia las aguas, pensando que desde que sufrió ese tropezón lunar, que desde que le fueron arrebatadas sus alas, ya no sólo había estrellas en el cielo, sino que también las había en el mar azul.

domingo 17 de mayo de 2009

La belleza interior

Cuentan los más viejos del lugar, que en una pequeña aldea de montaña perdida entre profundos valles, vivió hace algún tiempo una bella joven que cada día se levantaba al alba, únicamente para escuchar en su espíritu la soledad del amanecer.
Todos la conocían por el nombre de Belén y en el instante en el que despuntaba alto en el cielo, el brillo de la estrella más intensa del día, una reconfortante sensación de paz la embargaba por dentro, mientras pensaba que en dicho momento, en cierta manera, nada ni nadie podría vencerla de modo alguno. Los rayos del sol la inundaban de luz sobre la colina y ella le sonreía a los pájaros, feliz por estar viva, dichosa de ser mujer.
La joven era conocida en toda la comarca por su gran belleza y de cada lugar venía un pretendiente, que rondaba a la doncella para conseguir su mano. La fama de su belleza, tan etérea, exquisita y sencilla, corría como la pólvora de paraje en paraje, de boca en boca y todos los jóvenes caballeros acudían para contemplar tanta hermosura angelical, encerrada en un sólo ser humano.
Se presumía en la aldea además, de la gran inteligencia y elegancia de la joven, así que todos los que la conocían bien, pensaban que tendría como esposo únicamente a algún poderoso príncipe, pues ningún otro joven sería digno de desposarla o de estar a su altura.
Una mañana, al regresar hacia su casa desde su encuentro con el amanecer, Belén notó que alguien la observaba de cerca pero con prudencia. No sintió temor, pues un presentimiento la convenció de que no era una presencia amenazante. Así que siguió su camino, pues las labores cotidianas la esperaban para ser realizadas.
Así sucedió sin cesar cada mañana desde ese día y sin saber por qué, la joven empezó a sentirse protegida por aquella sombra benefactora, que siempre precavida, la seguía de cerca.
Los pretendientes continuaron acudiendo hasta el lugar, con la vaga esperanza de ser los elegidos y la joven siempre denegaba toda petición, incluyendo la de grandes príncipes, reyes, nobles o guerreros. Belén siempre hacía la misma pregunta a todos los hombres que la pretendían, pero ninguno hallaba la respuesta correcta que conquistara su alma tan pura, con lo que el silencio era el broche que sellaba su negativa.
Sentada sobre su colina, observando su dulce amanecer y respirando el aire más puro de la mañana, la joven se sentía realizada, se sentía libre y continuó haciéndolo durante meses, durante años, siempre con su vigía en las sombras muy cerca de ella, a modo de ángel de la guarda.
El tiempo pasaba y nadie conseguía desposarla; sus padres y hermanos habían perdido toda esperanza ya, pero una mañana la joven no se despertó para ir a unirse con el alba, ni para sus quehaceres diarios; pasaban las noches y los días y la joven no se levantaba, enferma de una extraña melancolía, de una cruda soledad.
Su madre, angustiada y triste, la observaba en la cama, afligida, pálida y llorosa. Pasaron unos días y su hermano mayor, preocupado, se acercó hasta el regazo de su cama y le tomó las manos con cariño, mientras entre lágrimas le rogaba que se recuperase y que le dijese que era lo que tan apenada y ausente la tenía.
La joven sonrió a su hermano con dulzura, era la primera vez que sonreía en muchos días, se acomodó cerca de él y le susurró algo al oído. Sorprendido, el joven la miró y asintió.
El devoto hermano de la muchacha partió a la mañana siguiente, nadie supo jamás dónde fue, aunque cuenta la leyenda que marchó en busca de un gran sabio, que respondiera por fin a la pregunta de su querida hermana.
Tardó seis días y seis noches en regresar a la casa y cuando lo hizo, se acercó corriendo junto al lecho de la pequeña Belén, donde ella ya dormía y le depositó una delicada flor blanca de jazmín y un pequeño pedazo de papel en su regazo.
Cuando ella despertó, antes de despuntar el día como siempre, se había recuperado milagrosamente y corrió de nuevo por los caminos hasta llegar a su adorada colina, para unirse una vez más como antaño, con su dulce amanecer.
Se sentó sobre la hierba recogiendo su falda, abrió sus manos y miró la flor que mantenía en una de ellas y el pequeño pedazo de papel que contenía en la otra, leyendo lo que allí ponía mientras sonreía. Por fin alguien había encontrado la respuesta a su preciada pregunta.
¿Qué es lo más bello que encontráis en mi persona?, se dijo a si misma en voz alta, bajando rápidamente la mirada para leer a continuación el pedazo de papel.
Vuestro corazón, querida Belén, que cada mañana viene a agradecer la vida que Dios y el sol le regalan al alba cuando se despierta. Vuestra bondad, que nace de un espíritu puro y transparente, siempre dispuesto a entregarse a los demás. Vuestra mirada perdida en el infinito, que se confunde con el destello de las estrellas, cuando lloras de dicha cada mañana al comprender que nunca estarás sola. Y vuestra libertad de niña, que se funde con el amor en un sólo instante al amanecer, para luego ser capaz de cederla al resto del mundo y su servicio.
Ésa fue la respuesta que leyó en voz alta, al tiempo que su desconocido vigía de las sombras, susurraba tras de ella las misma palabras.
La joven se levantó y miró a aquel muchacho, que durante años la había observado, tímido, discreto y paciente. Un hombre que era el más humilde campesino de la aldea y que vivía únicamente para proteger a Belén, pues él era únicamente feliz si ella lo era antes.
Así había sido durante días, semanas, meses y años, tiempo en el cual, se había enamorado perdidamente de ella, de aquella muchacha que sólo quería que su belleza fuera adivinada realmente, de aquella mujer que no quería ser hermosa por fuera, sino por dentro.
Se miraron en silencio largo tiempo mientras sonreían, teniendo la certeza de que se conocían desde el comienzo de los tiempos y se besaron estrechados en los brazos del otro, mientras el sol los acariciaba. Después, la joven marchó a sus quehaceres como cada día, convencida de que su búsqueda había terminado, de que iba a comenzar una nueva vida plagada de sonrisas.
Aquella noche, al regresar a casa, cuando el joven fue a pedir su mano, no hubo pregunta alguna esta vez, no hubo respuesta, tan sólo un asentimiento que los unió para siempre y desde entonces, fueron el uno para el otro hasta el final de sus días.

Para Geneva, una gran reina y para Mon, una dulce compañía.
Hasta la próxima huida.

domingo 10 de mayo de 2009

Déjame escapar de ti

Me ahogo en un sucio tintero de lágrimas negras, con las que escribo cada uno de mis versos. Es enorme el hastío con el que afronto cada uno de mis días, al comprobar que detrás de mí, sólo una pálida sombra me acompaña.
Aléjate de mí de una vez por favor, no te quiero, no deseo recorrer tus caminos, no busco aprender tus enseñanzas. Para mí sólo eres una maldición que se renueva una y otra vez.
Me siento impotente para escapar de tu influjo, así que te suplico que te vayas como llegaste, en silencio, sin esperarte, sin llamarte. Ya me has hecho sufrir bastante y creo que es hora de que nuestros destinos se separen para siempre.
Probé el sabor de tus besos y sólo sentí frialdad en mi alma. Experimenté tus caricias en mi piel y sólo conseguiste que mi corazón se helara. Sufrí tu maliciosa presencia en mi cuerpo y sólo provocaste un amargo llanto.
No tenemos nada en común y esta relación está condenada al fracaso, así que si de verdad me amas como me dices en oscuras noches de insomnio, permíteme que sea feliz lejos de tus inertes brazos. Mis sueños son otros, que nada tienen que ver con los tuyos. Así que escúchame, te lo ruego.
Me lo robaste todo, con la loca esperanza de que te perteneciera, de que me convirtiera en tu cómplice. Pensaste que si me despojabas de cuanto anhelaba, me refugiaría en ti, como un niño asustado. Pero te equivocaste. No quiero tu consuelo. Sólo consigues que nazca en mí un profundo dolor incesante.
Añoro que una mano llena de vida coja la mía y caminar junto a ella por sendas pintadas de intensos colores, confiando en que otro mañana mejor sea posible. Echo de menos perderme en unos ojos que hagan prender en mí un dulce amor, que me haga volar por cielos azules limpios de nubes. Extraño en definitiva tu presencia, dulce niña, para que me arranques de estas tenaces garras que me apresan con saña.
Te odio soledad y por más años que viva, no dejaré de odiarte. Busca otro rehén al que hacer prisionero. Yo ansío ya mi libertad.
Hoy más que nunca, hasta la próxima huida.


SOLEDAD

No me acaricies más con tus fríos dedos,
no me regales otra vez tus inertes besos de cristal,
no siembres mis otrora fértiles campos con tu sal,
no inundes mi débil mente con tus infinitos miedos.

No susurres en mis oídos la desesperanza de tus credos,
no me engañes de nuevo con tu falsa sonrisa angelical,
no le construyas a mi tristeza una vacía catedral,
no busques incansable que me pierda con tus enredos.

Aléjate de mí para siempre, busca una nueva presa,
pues yo nada ansío ya bajo tu cruel manto.
Lo que añoro es el dulce sabor de una boca de fresa,

que haga olvidar con su aliento azul mi quebranto.
Y eso no lo encuentro en ti, oscura princesa,
así que me niego a seguir escuchando tu canto.

domingo 3 de mayo de 2009

¿Quieres casarte conmigo?

Desde la primera vez que te vi, hermosa y radiante, me di cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro. Me quedé suspendido de tu risa y desde ese momento inicial, quise habitar en las profundidades de tu mirada para siempre.
Eres el camino por el que quiero recorrer mis pasos cada día y el refugio donde quiero descansar después de cada esfuerzo. Envejecer a tu lado será la más maravillosa aventura de mi vida, una vida que deseo consagrar únicamente a la tarea de amarte.
Quiero que mis ojos te vean cada mañana al despertar, quiero que mi cuerpo busque al tuyo cada noche, quiero que nuestras manos se unan para siempre. Sólo respiraré de tu aliento, sólo beberé de tus aguas, sólo me alimentaré de tu carne, porque así te querré, con una entrega infinita.
Te prometo que te cuidaré más allá de la muerte, pues ni siquiera la señora de la guadaña podrá separarme de ti. Mi amor la vencerá y cuando me llegue el postrero día, mi espíritu te buscará en la otra vida, para seguir acompañándote con dulzura.
Eres cada uno de los latidos de mi corazón y el amor que siento por ti, es lo que impulsa mi sangre por las venas. Te regalo una lluvia de caricias, para que riegue tus fértiles campos; lluvia que jamás dejará de brotar de mis dedos. Mis besos serán el viento que susurre en tus oídos lo mucho que te quiero y si te tengo a mi lado, nada me faltará, porque sólo tú me colmas en todos los sentidos.
Eres el océano en el que quiero navegar, el cielo en el que deseo volar, la tierra que ansío sembrar con nuestras semillas. Mi alma te reconoce como a su igual, porque somos eso, dos mitades de un único ser. Te amo y te amaré por siempre jamás, con toda la fuerza de este hombre en el que tú me has convertido.
Tus ojos son el faro que alumbran mi destino y tu pelo, el bosque donde no me importa perderme. Tu piel es el papel en blanco donde quiero escribir mis versos y tus labios, son las más bellas rosas de mi romántico jardín. En ti encuentro el pañuelo que seca cada una de mis lágrimas y cuando me asomo al abismo de un espejo, es tu reflejo el que veo al otro lado.
Déjame aspirar tu esencia de mujer, déjame ser tu enamorado más allá del tiempo y del espacio, déjame ser la estrella fugaz que cumpla cada uno de tus sueños, porque mi vida únicamente tendrá valor si la comparto contigo, porque mi alegría sólo la encuentro en ti.
Llegaste a mí como un soplo de esperanza, para desterrar mi tristeza, para secar por fin mi río caudaloso de llanto y ahora no quiero que te vayas, ahora no quiero perderte.
Tú serás mi familia, mi regreso a Nunca Jamás, mi única patria. Tú serás el objeto de mi devoción, las puertas de mi paraíso, las llaves de mi hogar. Tú serás mi principio y mi final, la razón de ser de este aprendiz de poeta, porque si yo fuera un pájaro, tú serías mis alas.
Millones de palabras se agolpan en mi garganta y todas ellas te buscan preñadas de sentimiento, porque sin duda eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Cada rincón de mi pensamiento se llena de tu presencia y me gustaría velar tus sueños mientras duermes, hasta que nuestros cabellos se tornaran blancos como la nieve. Necesito sentirte cobijarte en mi pecho, necesito tu mano junto a la mía, necesito explorar el universo de tu sonrisa.
Así que amor mío, te quiero, como nunca antes quise a una mujer, como nunca más volveré a querer a nadie y por ello, en esta noche bajo la luz pálida de la luna, cuando las olas del mar esculpen nuestra playa con penachos de plata y con las estrellas como nuestros testigos, quisiera preguntarte cargado de ilusión, plenamente convencido de lo que hago, ¿quieres casarte conmigo?
Espero tu respuesta, feliz de haberte encontrado.
¿Qué me respondes, dulce niña?
Ojalá algún día le pueda hacer esta pregunta a la mujer de mi vida mirándola fijamente a los ojos y mientras tanto, se aceptan sugerencias. ¿Qué contestarías tú desde el otro lado?
Hasta la próxima huida.

¿Qué es poesía?

¿Qué es poesía?